miércoles, 9 de diciembre de 2009

De por qué sostengo que Jesucristo acudiría encantado a una boda gay

Hace unas semanas intercambié correos con algunos amigos a propósito de la llamada Declaración de Manhattan, en la cual se recoge el enésimo rechazo cristiano a cualquier clase de aborto y a los matrimonios homosexuales. Después de dialogar con ellos sobre ambas cosas (tan fructíferamente como siempre, porque es gente buena de veras a más de cultivada), quedé en incidir en la segunda de ellas argumentando la desgraciadamente escandalosa afirmación que corona esta entrada. Ahora me toca cumplir mi promesa.

Siendo como soy consciente de que piso terreno pantanoso (porque muchos se han encargado de empantanarlo) lo primero que quiero explicar es a qué me refiero con ese acudir y ese encantado. Muy sucintamente: a que hubiese bendecido esa unión, a que hubiese aceptado participar del evento, y a que lo hubiese tomado como una puesta en práctica más de sus preceptos morales. Para soportar mis palabras, supondré que existió un Jesucristo tal y como lo exponen los Evangelios canónicos (un acto de buena voluntad en sí, tras Nag Hammadi), y que lo que en estos se dice que Jesús dijo e hizo basta para saber su opinión sobre la generalidad de dilemas morales que afectan al ser humano -particularmente éste. Es, justamente, lo que entienden las distintas iglesias cristianas, que han sido capaces de editar un corpus de normas detalladísimo a partir de esos mismos pocos relatos, así es que no espero mayor oposición en este punto.

Antes que nada, parece claro que a Jesús le gustaban las bodas. Si atendemos a lo que cuenta el evangelista Juan a propósito de lo acontecido en Caná (Jn 2, 1-12), debieron de gustarle bastante, porque en aquella ocasión llega a obrar un milagro para que el vino no falte en la fiesta. Y es normal: alguien que celebra el Amor (en mayúscula y sin apellidos) no puede sino regocijarse con la celebración de un rito por el que dos personas, libremente, se compremeten a amarse. Que es justamente en lo que consiste una boda, sea hetero- u homosexual. Tampoco era un remilgado; en Lc 7, 34 se cita específicamente que comía y bebía con fruición, y dado su gran -y llano- corazón procede imaginarlo compartiendo con sus hermanos en completa armonía ocasión tan señalada.


Pasemos ahora a lo más obvio: Jesucristo no condena en ningún momento la homosexualidad. Ni siquiera se ocupa de ella, y de hecho, los asuntos sexuales le traen absolutamente sin cuidado. La conclusión sensata es que tenía tales cosas por nimiedades. De igual forma, todas las personas de bien saben que las posturas practicadas o los orificios empleados no son más que un aspecto circunstancial de la práctica sexual. La cantidad de amor implicada, por supuesto, tampoco tiene nada que ver con las modalidades del acto en cuestión. Y aún más: para la gente que se ama -y es justo presuponer que la que quiere casarse es porque se ama-, el sexo es un aspecto absolutamente secundario. Jesucristo pensaba igual; hizo falta una aplastante tradición posterior de célibes mal avenidos con su elección o su suerte para poner en el primer plano los asuntos de alcoba, cuando para el Galileo y para mucha otra gente sana que se casa aquel es un aspecto menor -si bien no desdeñable-a la hora de decidir un proyecto de vida en común.

Y no es que no enumere procelosamente lo que no le gusta: en Mc 7, un pasaje decisivo que después retomaré, se refiere a lo impuro, y menciona "
los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, maledicencia, soberbia, falta de sentido moral" (21-22). Ni una palabra sobre la homosexualidad.


Esto es muy importante aunque no es completo: se señala con cierto fundamento que, verbigracia, del hecho que el Mesías no dedicara una palabra a la esclavitud no se deduce que la aprobase, ya que no dispuso de tiempo para pronunciarse acerca de absolutamente todo. Pero si aplicamos la regla de oro, no hay posible confusión entre ambos casos. Basta con atender a sus principios morales, que en realidad se condensan en uno solo (“un solo mandamiento os doy...”; Jn 13, 34): la práctica sistemática e incondicional del amor. Con este precepto en mente resulta tan fácil comprender que hubiera aprobado cualquier unión basada en el amor mutuo, como que le hubiese repugnado cualquier forma de sometimiento.


En los Evangelios abundan los pasajes en los que Jesús demuestra un olímpico y a ratos apasionado desdén por los formalismos y una decidida apuesta por el meollo del asunto, que no es sino la práctica del Amor. Mi pasaje favorito está en Mc 3, 1-6: Jesús cura en sábado, algo prohibido por la ley judía, y no duda en mirar con desprecio a los que le recriminan saltarse una regla que, de aplicarse literalmente, impediría cometer un acto de justicia y aliviar el dolor ajeno. Y de hecho las Escrituras están atravesadas por todos lados por una idea relampagueante, luminosa y crucial: sólo "los fariseos y los doctores" (Lc 11, 37-54) se entretienen en los detalles reglamentarios, en lo accesorio y en lo ajeno a la práctica del bien. Qué se produzca o no la penetración y en su caso cómo se produzca ésta es algo que nada quita y nada pone al afecto, al respeto y a la consideración mutuas, y eso es algo que al Hijo del Hombre no le hubiese robado -como al parecer no le robó- ni un minuto de su tiempo.

Jesucristo sabe que no hay árbol bueno que de fruto malo (Lc 6, 43), y eso es lo mismo que decir que no hay amor sincero que se pueda repudiar por sus particularidades fisiológico-sexuales. Aquí es donde viene a cuento el precioso pasaje de Mc, 7, donde Jesús aborda la verdadera pureza. En los versículos 1-8 Jesús la emprende de nuevo contra los fariseos y escribas que atienden a la letra y desprecian el espíritu de las normas éticas. A la altura del 14, destroza todas las hipocresías de este mundo, incluída la homofóbica: " Oídme todos y entended. No hay nada fuera del hombre que, al entrar en él, pueda contaminarlo, sino que lo que sale del hombre es lo que contamina al hombre [...] ¿No comprendéis que todo lo que desde fuera entra en el hombre no puede contaminarlo, porque no entra en su corazón, sino en su vientre, y va a parar a la letrina? [...] Lo que sale del hombre, eso contamina al hombre". Jesús está hablando de las prohibiciones alimenticias específicamente condenadas en el Antiguo Testamento, y lo mismo cabe decir de las caprichosas consideraciones sexuales del mismo Texto (donde, por ejemplo, las mujeres menstruantes son impuras). En términos ibéricos, el Galileo está haciendo lo mismo que el ínclito protagonista de los Serrano, un proverbial Antonio Resines: denunciando la mirada sucia que es capaz de pervertir lo único que importa, que es -y perdón por la reiteración- el Amor.

Todavía hay quien ha argumentado el rechazo de Jesucristo a la homosexualidad sobre la base de que, al hablar de parejas, se refiere siempre a esposo y esposa. Esta es una afirmación insostenible si se tiene en cuenta el contexto histórico. Por supuesto, en el tiempo y lugar en que se desenvolvió Jesús, no había parejas homosexuales, porque gracias, entre otras cosas, al Antiguo Testamento, la homosexualidad se pagaba con la muerte por lapidación. Si a Jesús se le hubiese ocurrido hablar en términos equívocos a propósito de qué tipo de parejas tenía en mente, no habría vivido lo suficiente para sufrir su procesamiento y posterior Pasión. Y así lo entiende hasta quien se escuda detrás de esta mala excusa; por eso, cuando en la única ocasión en que Jesús condena el divorcio lo hace en estos términos:

“Todo el que despida a su mujer, excepto en asunto de fornicación, la expone a cometer adulterio” (Mt 5, 31-32)

esas mismas personas entienden que el hecho de que no ofrezca el mismo derecho a las mujeres (el de repudiar a sus fornicantes esposos) se debe a que habla el lenguaje de su tiempo, no a que entienda que las féminas disponen de menos derechos que el varón. Ésta, como la muy manida acerca de las interpretaciones metafóricas del texto bíblico, es una norma exegética razonable... siempre y cuando se aplique en todos los casos similares de forma similar, por supuesto.


Hay personas que rechazan la homosexualidad y por lo tanto a los matrimonios de este signo bajo el supuesto de que “no es natural”. No viene mucho al caso, porque Jesucristo no alude ni una sola vez a “lo natural” en los Evangelios, pero merece la pena tratarse porque la gran mayoría de los que se han dicho cristianos tras su Maestro se han acogido a ese clavo ardiendo a la hora de infamiar, condenar o ajusticiar a los homosexuales. Hoy sabemos que en la práctica totalidad de especies animales estudiadas se da la homosexualidad, y que no hay época humana documentada en la que no haya existido. Desde el punto de vista de "la naturaleza", la cosa está más que clara. Pero todavía hay quien ante estos hechos se arroga el derecho de decir lo que Jesús no dijo e imputarle que “Él nunca hubiese aprobado un uso del cuerpo distinto a lo que su Padre diseñó”. Tal cosa, absolutamente argumentativa, sería lo mismo que condenar el celibato y la virginidad: es seguro que si Dios nos creó deseó que tuviéramos relaciones sexuales, pues para ello nos dotó de clítoris y vergas y otros mecanismos -para que sintiéramos placer al amarnos. Así es que tan antinatural es emplear el ano para lo que no parece estar pensado como dejar de usar el pene para lo que sí lo está. Puesto que Él mismo fue célibe y su madre, según nos cuentan algunos, virgen, este razonamiento debe ser descartado: Jesucristo demostró que una cosa son los instintos, los impulsos y la llamada de la biología y otra distinta lo que el ser humano bueno decida hacer con ellos.



Los Evangelios guardan una cláusula envenenada, que es excusa predilecta para quienes tratan de justificar el Antiguo Testamento. En efecto, en varios pasajes Jesucristo da a entender que sólo es un continuador de Moisés y Abraham (Jn 5, 46-47; Jn 8, 57-59). No entraré a valorar la fortaleza de esta ligazón ni las intenciones continuistas del Galileo; pero necesito analizar sus consecuencias en cuanto a lo que nos ocupa. Si es verdad que Jesucristo acataba la ley mosaica y que por tanto lo que cuenta son las prohibiciones del Levítico (18, 22 y 20, 13, que por cierto, nada dicen de la práctica lésbica), entonces no veo la manera de exonerarle del resto de barbaridades de este mismo libro, como la prohibición de comer crustáceos o el poco pedagógico mandato de lapidar (un deporte con multitud de practicantes federados por aquel entonces, como puede verse) a los hijos díscolos. Ninguna persona seria y sana piensa que Jesús mantuviese que comer gambas fuese un pecado, y también consta su condena expresa de la Ley del Talión, que para Yahvé era algo así como el pan nuestro de cada día. Por la misma razón no puede mantenerse que la homosexualidad sea pecaminosa para Jesús por el hecho de figurar en el citado -e ignominiosamente inmoral-texto.

Por lo demás, cualquiera que haya leído la Biblia entenderá que, moralmente, Antiguo y Nuevo Testamento son del todo incompatibles. Sobra un botón de muestra: donde en un sitio se exhorta a poner la otra mejilla, en el otro se cometen genocidios por expreso mandato divino. Hay muchos ejemplos, del que el de los medianistas puede ser el caso más espeluznante (Nm 31, 13-17). Los gnósticos, hace dos mil años de nada, lo tuvieron tan claro que sostuvieron que el Antiguo Testamento no era sino la obra de un diablo maligno, un dios impostor y sanguinario. Nosotros, aparentemente, aún seguimos dándole vueltas al asunto, y, que se sepa, no hay fecha prevista de abolición por parte del Sumo Pontífice. En algunos países supuestamente civilizados aún hoy se jura en los juicios por un libro cuya mitad resulta tan poco edificante.


Hay una última hipótesis interesante que no hay que dejar escapar, porque abunda en idénticas conclusiones: que Jesucristo fuese Dios –sea como parte del Dios trino o en cualquiera de sus otras versiones teológicas. En ese caso, sería razonable suponerle una cierta omnisciencia. Hoy sabemos que algunas personas nacen homosexuales; aunque por supuesto no se haya localizado “el gen gay”, entre otras cosas, porque muchos caracteres humanos son poligénicos. Los psicólogos admiten sin pestañear (y por supuesto niegan que sea patológico) que hay gente que se ve encerrada en un cuerpo que no se corresponde con su sensibilidad y sus apetencias carnales. Siendo así, debemos admitir que Jesucristo sabía lo mismo, y por tanto, no podía condenarlo, porque de hacerlo, estaría condenando la sagrada obra de Dios.


Esta evidencia ha llevado a algunas mentes abyectas a determinar que Dios podría castigar precisamente a algunos padres por sus pecados haciéndoles nacer un hijo homosexual. No tengo demasiado tiempo que perder en asquerosidades de este calibre, así es que zanjaré el tema diciendo que tal cosa:

- parte de una falacia, porque por todo lo expuesto Jesucristo no estableció que la homosexualidad fuese un mal, y no habiendo mal no puede haber tal castigo;

- tal aserto supone una deleznable exaltación de la soberbia; la de imputar pecados a gentes cuyo comportamiento se desconoce y que en la inmensa mayoría de los casos se desviven por sus hijos, a los que quieren y respetan.


Conviene retener en mente que detrás de estas amenas disquisiciones sobre si son galgos o podencos hay unos cuantos millones de personas sufriendo por ser tratados como personas de segunda. Lo digo por los que piensan que la teología es una cosa pasada de moda, que a Declaraciones como la de Manhattan todo el mundo les hace la pedorreta y cosas así. Este es un asunto serio, que en el civilizado siglo XXI tiene su precio en lágrimas como antes lo tuvo en sangre y todavía lo tiene entre mis primos mahometanos, que van de coherentes por la vida y se encogen de hombros cuando desde Roma les afean el gesto. Por cumplir el Levítico en su versión coránica.


Uno de mis lúcidos amigos cristianos apunta, muy justamente, a que la solución final pudiera pasar por deslindar completamente matrimonio civil y eclesiástico. Es un separatismo práctico que acaso relaje las tensiones, aunque no estoy seguro de que sea una buena estrategia comercial para una religión que no anda precisamente boyante de clientela. Una religión que, llamando enfermos a los que sólo son distintos, prescribiéndoles castidad y negándoles la misma consideración que al resto de sus hermanos, no sólo atraen sospechas sobre sus muchas otras propuestas moralmente interesantes, sino que incumplen, sistemática y tozudamente, el mandato de Amor que Jesucristo legó al mundo, y por el cuál fue torturado y finalmente muerto en la cruz.




viernes, 4 de diciembre de 2009

Poderosa Atenea


Hesíodo cuenta en su Teogonía cómo fue la gestación de Atenea: cuando llegó el momento del parto, Zeus sintió un tremendo dolor de cabeza y, por no tener analgésicos a mano, pidió a Hefesto, Dios del fuego, que se la partiera de un hachazo. Hefesto era un tipo bien adiestrado; Auden apuntaba a que, quizás por ser cojo y cornudo, fue al único dios que le dio por trabajar. El caso es que, ni corto ni perezoso, aquél alzó el hacha, partió en dos la testa del rey de los dioses olímpicos, y anonadado contempló cómo de ella emergía Atenea, ya adulta, vestida para la guerra (informal pero arreglá), con casco, lanza, coraza, escudo y todos sus avíos.


Cuando mi Atenea llegó pude advertir con toda nitidez un resquebrajamiento sobre la misma zona craneal, y además algo que me atravesaba el pecho, como si me grapasen el corazón. No se trata de una metáfora: todavía, si cierro los ojos, puedo oír el chasquido, como un latigazo, puedo sentir de nuevo el sobrecogimiento a poco que me concentre en aquel instante inaudito en el que ella asomó por entre las piernas de su valiente madre llorando, como mandan los cánones, berreándole a sus creadores pero qué me habéis hecho, desalmados, con lo bien que estaba yo adentro. Nuria, arrasada como un servidor por las lágrimas, la jaleó por lo bien que se había portado en el acto, y le prometió, a modo de premio, un hermanito para muy pronto, una promesa que sólo tardaría unos cuantos meses en cumplir. Así de chula y de cumplidora es mi costillita.

Tardó dos noches en portarse bastante peor, y otras dos semanas en hacerlo rematadamente mal. ¡Qué poquito dormía la criaturita, y con cuánto sobresalto! Y qué tragedia –griega- cada vez que tocaba acostarla: se te encaramaba como una alimaña al pecho y te arañaba la cara cual si la estuvieras matando de tantas ganas que tenía de no cerrar los ojos y beberse el mundo en derredor. Dormir, pensaba, un poco como su padre, es de cobardes; un mal necesario que ella estaba dispuesta a reducir a su mínima expresión. Y vaya si lo hizo. Durante casi dos años.

Comer tampoco comía mejor, y llorar ha llorado desde siempre como una bendita magdalena. Pero hay que admitir que el resultado de tanto desvelo y tanta brega está siendo inmejorable. Las meninges las tiene engrasadas que es un gusto, y las ideas le brincan todo el rato ahí adentro con frenesí. Tiene el corazón en carne viva de su madre, sólo que sin domesticar: no hay persona a unos metros a la redonda cuyo estado de ánimo le sea ajeno. El mundo es para ella una sucesión de alegrías explosivas y desgracias irresolubles, dentro de un tono general la mar de positivo y campechano. Ella no quiere, sino que ama, ni se divierte, sino que se entusiasma. Sólo de pensar en su pubertad se me acelera el pulso y a la vez se me cuela una sonrisa. Lo vamos a pasar en grande con la pendeja, y de paso y casi seguramente con los pendejos que vengan a rondarla.

Con su escaso lustro respirando, Claudia ya ha dejado un puñado de anécdotas que hacen justicia al sobrenombre que le he puesto. Mi preferida es de cuando apenas tenía tres años, porque de alguna manera la define. Estábamos viendo la película “Los Increíbles” y salía una escena en la que al malo, el untuoso Buddy, explicaba sus maléficos planes para sojuzgar el planeta. Su hermano, sentado justo a su lado, le soltó al malvado una serie de improperios, por torcido y malencarado. Pero Claudia le reprendió suavemente: “Daniel, el nene no es malo, tiene problemas”. Creo haber dicho que tenía tres añitos, la querubina.

Atenea es la diosa de la razón, de la sabiduría y también de la inteligencia y la estrategia. La lógica, la prudencia y la justicia viven encarnadas en ella; como su santa patrona, esta criatura que pronto hará sólo seis años puede fulminarte con un razonamiento, exasperarte con sus interminables negociaciones y su competitividad extrema o derribarte con una llamada al orden de este talante: “Papá, no te agobies, no merece la pena”. Mirada condescendiente incluida.

Obervadla bien y decidme que mi Claudia, como decía Homero al respecto de la diosa, no tiene los ojos glaucos. Por las noches la beso detrás de la oreja y le rasco con mimo su diminuta pero creciente espalda mientras le susurro -y le ruego -que se relaje y se duerma y ella me dice que soy el mejor “acariciador del mundo”, que nos ama, y que por nada del mundo querría tener unos padres distintos.


Y entonces, de pronto, pase lo que pase, todo está bien para mí.


PD. Otro día, cuando me reponga de la emoción, le tocará el turno al astuto y hermoso Ulises (nuestro Daniel)

domingo, 29 de noviembre de 2009

¿Donde vas, Barrabás?


Ignoro por completo quién y por qué le endilgó al desgraciado de Barrabás la responsabilidad etimológica de las barrabasadas. El hombre, algo así como un proto-Curro Jiménez, sería un poco ladrón y bandido, pero difícilmente lo recordará la historia por alumbrar despropósitos. Y aún hay algunos que estiman que su nombre completo fue Yeshua Bar Abbas, esto es, en arameo, Jesús, "el hijo del padre". O sea, Jesús mismo.
Pero esta semana no estoy a vueltas con la Biblia, sino con las barrabasadas en sí. Y aquí encaja una confesión: soy aficionado. O sea me encandilan. He surcado es los últimos años algunos libros, webs y otros soportes que recopilan antologías de barbaridades arrojadas (así, como suena) en los exámenes de los bachilleres y ESOs de este país nuestro, y me he divertido lo más grande, que diría mi amigo Miguel.

Creo que hay varias razones respetables para que a un servidor le guste regocijarse en el disparate ajeno cuando éste tiene su arte. La primera es que son expresión de pura creatividad, y eso a uno siempre le pone. O sea: que si te preguntan, pongamos, cuál es el principal productor de miel, una cosa es reponder un escueto y triste "lo ignoro" y otra mucho más creativa espetarle al que cometió la imprudencia de preguntar un sonoro "la granja de San Francisco", por ejemplo (esto, como todo lo que sigue, es verídico). La segunda razón es que me sumo a lo que decía Chabrol: la tontería me parece inmensamente más excitante que la inteligencia, pues donde ésta tiene sus límites más bien estrictos, aquella es vasta e ilimitada. Y ojo que desvaríos se los he visto yo escritos hasta a Aristóteles, Scopenhauer y Agustín de Hipona, por mencionar sólo a unos pocos ilustres.

Hay algunos links interesantes con resúmenes y por supuesto libros antológicos. Pero yo no me resisto a que comentar algunos según me los han pasado recientemente. Vamos al turrón. Los textos están transcritos fielmente (esto no es broma); pasen y vean.

P- Escriba las características generales de la música barroca.
R- Creo que ay un despiste en la pregunta, me parece que es la música marroca. Voy a contestar esto. La música maroc es la de los moros de Marruecos ques es muy importante porque la tocaban los moros cuando ivan a las batallas de conquista.

P- Mida el segundo verso escrito en la pizarra.
R- En la pizarra, unos 75 centrímetros, en el papel más o menos una cuarta (lo digo aproximado porque no me he traído el metro).

P- Describa los movimientos del corazón.
R- El corazón está siempre en movimiento, sólo está parado en los cadáveres.

P-Ejemplo de un parásito interno.
R- Las vísceras.

P- Explique en qué consiste el dimorfismo sexual.
R- El macho se diferencia de la hembra por una prolongación más o menos larga.

P- ¿Qué caracteriza a los marsupilaes?
R- Que son los animales que llevan las tetas en una bolsa.

P-Nombre un ejemplo de reptil.
R- La serpiente putón.

P- ¿Cuáles son las fases de la luna?
R- Luna llena, luna nueva y menos cuarto.

P- ¿Qué río pasa por Viena?
R- El Vesubio azul.

R- Comente algo sobre los volcanes.
R- El Mallorca está el Teide. El agua de mar se solidifica y sale por el cráter.

P- Principales características de Holanda.
R- En Holanda, de cada cuatro habitantes, uno es una vaca.

P- ¿Cómo se realiza la depuración del agua?
R- Se hace con los rayos ultraviolentos.

P- ¿Qué es un polígono?
R- Un hombre con muchas mujeres.

P- Averiguar el número primo 2639.
R- Para mí que ese número es primo porque no hay ningún número que dividido por este número que es 2639 nos dé exacto. Si usted ve que está mal corrijalo.

P- Comente algo del 2 de mayo.
R- ¿De qué año?

P- Defina la soberbia.
R- Es un apetito desordenado de comer y beber, que se corrige practicando la lujuria.

P- ¿Qué es la fe?
R- Lo que nos da Dios para poder entender a los curas [N.B. A lo peor esta no es una barrabasada]

Y finalmente, a modo de coda...

P- Describa al hombre primitivo.
R- Se vestía de piele y se refugiaba en las tabernas.


Supongo que ahora sería un poco cruel que yo me remitiese al informe ese que dice que nuestros educandos están en la cola y que los Finlandeses de 15 años son émulos de Galileo.

Pues eso, que no lo voy a hacer.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Nuestro Credo (el de Hesse y el mío)


Hay días en que a uno lo aplasta un tsunami de mezquindad que se le ha escapado al planeta. La amada Tierra, por supuesto, escupe de todo: cosas sublimes y cosas deplorables. Hay para todos los gustos; y lo más corriente es que casi cada semana toque menú degustación. Pero es verdad que de pronto una tarde en la que se te han cruzado cuatro atentados, el pirata palopata de turno o el último desgraciado que le hace una pedorreta al Tribunal de la Haya, a ello se le une el enésimo desfalco sin querer queriendo y ¡zas!, se te clava en el corazón la angustia terráquea de las narices, esa invitada gamberra y extemporánea que te hace perder toda esperanza en la Humanidad.


Estas cosas requieren terapia, y al punto, porque todo lo malo tiene querencia a enquistarse. La mala leche es pertinazmente pegadiza, y a poco que te entretienes en verle las costuras al cuadro, resulta que al rato ya te importa un pimiento la Mona Lisa, la Chica del pendiente de perla y la madre que las parió. Qué carajo: hasta las variaciones Goldberg te parecen cargantes, hasta un trino de la Fitzgerald con su Louis Amstrong de sus entrañas se te queda en el ombligo como algo futil, parduzco y francamente prescindible. Ante este panorama, y que me perdone mi doña, pero el psicólogo poco puede hacer, porque no se trata de tener las emociones escacharradas o alguna junta pasada de rosca, sino de que el mundo es como es o por lo menos está como está. Así es que la única terapia posible, me parece, son unas creencias sólidas, robustas, constructivas y audaces desde las que observar el dantesco espectáculo, pedir los trastos y echarle valor al toro.


El asunto me viene como aceite a las espinacas para denunciar una de las apropiaciones indebidas del lenguaje operadas por la religión que más me enervan. Que se me entienda: es una de tantas, que parece que aquí mis compadres de la sotana, el minarete o el Kipah tuvieran una oficina de patentes para registrar expresiones, capturar verbos y sustraer, cuáles Tempranillos de los diccionarios, conceptos que son de todos y a todos se nos aplican. La palabra que viene al caso es creencias. Esas que parecen privativas, como digo, de quienes tienen a bien creer en algún dios.

Si habéis seguido el enlace hasta el DRAE habréis constatado que las creencias religiosas tan sólo son unas más entre éstas. O sea, que todos tenemos creencias; simplemente, las de algunos resultan tener un soporte religioso y las de otros no. Sin embargo, basta leerse un par de números del Alfa y Omega para comprobar que sólo los creyentes tienen creencias, que un credo es una cosa que remite automáticamente a una concepción liagada a alguna divinidad (algo que el DRAE de nuevo nos recuerda que es falso) y que, por supuesto, a lo más que pueden aspirar los "no creyentes" -en Dios, se entiende- es a mantener más o menos obstinadamente algún tipo de ideología. Insisto en que este esquema se repite no menos de media docena de veces en cualquier publicación católica extensa; las musulmanas y las judías, que no he frecuentado, posiblemente digan lo mismo, aunque quizás con menos sutilezas. Todo este juego de palabras no es más que un intento, en absoluto disimulado, de crear rangos entre aquello que las personas creen, de modo que termine resultando que algunas cosas, por ser más respetables y elevadas, merezcan ser consideradas creencias, y otras, por tener menos caché, se las moteje de ideología, que es una palabra que desde Marx hasta hoy despide un inconfundible hedor a baratija deleznable. Yo creo que todas las ideas y creencias están sujetas a crítica y refutación; lo que me hace bastante menos gracia es que por la cara alguien tarte de reservar una dignidad superior precisamente a las suyas. Como digo: por el morro.


Afortunadamente, Ortega y Gasset se ocupó con extrema simplicidad de este tema hace ya mucho tiempo, distinguiendo esclarecedoramente entre ideas y creencias. Las ideas se tienen; en las creencias se está. Las ideas las sostenemos nosotros; las creencias, justo al revés: son el marco que hace comprensible y viable nuestra vida. Cada uno tiene un esquema desde el que entender la vida, y cualquiera de estos esquemas tienen a priori el mismo rango. Otra cosa es su enjundia y eficacia, su valor en la contribución a la felicidad y la justicia; cosa que en modo alguna está correlacionada con su patrocinio divino, como bien nos enseña la historia. Algunas creencias requieren de una fe (son irracionales) y otras se defienden desde la argumentación (y son por ello siempre provisionales). Las creencias, en suma, son las que mejor explican cómo somos, bajo que presupuestos vivimos.


Una vez pasado el excurso -que no era tal y venía al caso- voy a compartir la creencia que yo practico, aquello en lo que creo, al respecto mayormente de lo sucio, lo malo y lo podrido que existe y a veces nos salpica ("shit happens!"). Por si a alguien le hace bien en situaciones parecidas, o por si a alguno le aclara el panorama. Y para no extenderme y terminar de aburrir a la escasa peña que se pasa por aquí diré que se parece mucho a lo que escribió Herman Hesse, el de Siddharta y El lobo estepario, en un tratadito muy difícil de encontrar y que se titula, precisamente, Mi Credo. Su párrafo más sublime, que repite de paso las distinciones de Ortega, dice así:


“Nuestra conducta en la vida no depende tanto de nuestros pensamientos como de nuestras creencias. Yo no creo en ningún dogmatismo religioso ni tampoco en un Dios que ha creado a los hombres y les ha capacitado para el progreso de matarse primero a golpes de hacha y después con armas atómicas, y ahora está orgulloso de ellos. Por lo tanto, no creo que esta sangrienta historia universal tenga un “sentido” a nivel de un superior regente divino, que nos prepare con ella algo incomprensible para nosotros, pero divino y sublime. Sin embargo, tengo una fe, una sabiduría o una intuición convertida en instinto, acerca del sentido de la vida. De la historia universal no puedo decidir que el hombre sea bueno, noble, pacífico y altruista, pero creo, y además, sé con certeza, que entre las posibilidades que tiene a su alcance se encuentran también esa noble y hermosa posibilidad, la tendencia hacia el bien, la paz y la belleza, que pueden florecer en circunstancias favorables, y si esta fe tuviera necesidad de una confirmación, la encontraría en la historia universal, junto a los conquistadores, dictadores, guerreros y lanzadores de bombas, en las apariciones de Buda, Sócrates, Jesús, los escritos sagrados de los hindúes, judíos, chinos y todas las maravillosas obras del espíritu humano en el mundo del arte. Una cabeza de profeta en el pórtico de una catedral, un par de acordes en la música de Monteverdi, Bach, Beethoven, un trozo de lienzo de Guardi o de Renoir, son suficientes para contradecir todo el terreno bélico de la brutal historia universal y presentar otro mundo espiritual y dichoso. Y por añadidura, las obras artísticas tienen una duración mucho más segura y prolongada que las obras de la violencia, a las que sobreviven muchos milenios”.


Ya sé, ya sé. Ojala fuese cierto. Eso compensaría en cierto modo lo del terrorista, lo del pirata, lo del genocida y lo del político ladrón. Pero puede que de lo que se trate sea de querer que sea cierto.


Yo quiero.



miércoles, 11 de noviembre de 2009

Educando a las extremeñas


Yo esta semana palabrita del niño Jesús que llevaba otro tema en la sesera; pero es que mi amigo Eduardo me ha disparado esta perita en dulce y la verdad es que no podía cabalmente dejar pasar la ocasión. Y no es que este país sea precisa ni últimamente corto en estupideces/sobresaltos; pero no me diréis que una noticia según la cual la Junta de Extremadura se ha gastado 14.000 euritos del ala en un programa educativo para enseñar a masturbarse a la peña, merece quedarse sin comentario.


El programa en cuestión, que han titulado, ingeniosamente, El placer está en tus manos, viene a ser algo así como un curso acelerado para que mis primas extremeñas aprendan a darse placer propio como Dios manda. Porque, como todo el mundo sabe, esta es una generación que si por algo se caracteriza es por ser inhibida hasta la desfachatez, pudenda y un poco retrógrada, y bastante paradita a la hora de buscar nuevas sensaciones. Y las chavalas, al llegar a la mayoría de edad con sus tres idiomas, su instrumento (musical) tocado, su tecnología de los ciberespacios dominada y sus clásicos a la orden del día, corren peligro de muerte de pisar la universidad sin saber como administrarse un orgasmo solitario. Y claro: por ahí la Junta de Extremadura no pasa. Por favor.

El primer problema con esta noticia es que me huelo que a nosotros, el pueblo (a quienes administran estos irresponsables) no nos la pela en que se gaste la cosa pública el dinero que sale de nuestros bolsillos. O sea, que como fan que soy del sentido común -que una vez más se confirma que es menos común de los sentidos- me parece una pizquita vergonzoso que se gasten la pasta de todos en estas fruslerías, mire usté, y no ahora porque caigan chuzos de punta, sino siempre porque denigra bastante dejar tu pellizco fiscal y social para que luego venga un pavo y se lo pula en folletos (valga la redundancia) y en consoladores. Que tiene delito.
Y oigan, políticos extremeños de mis entretelas: que uno no es carca. Que a uno le parece que lo de masturbarse está dabuten, entre otras muchas cosas, porque como largaba mi compadre Woody en Hannah y sus hermanas, al fin y al cabo es hacer el amor con alguien a quien amo. Vaya: que uno ha leído un libro de psicología o dos y qué demonios, reconociendo que aún siendo un subproducto incomparable con lo otro, sigue practicando.

Y ahí es donde entra en juego el segundo problema: resulta que masturbarse no sólo es facilísimo, sino que por ser gratis e incorporar un incentivo sabroso e inmediato, es una de esas tres o cuatro cosas que uno aprende sólo, rápidamente y además muy pronto. Y si acaso le quedasen dudas va y lo pregunta a un/una colega, o se da una vuelta por la red y encuentra como 550 maneras de masturbarse, para él o para ella. Si es que hay tantas maneras distintas y si es que merece tanto la pena estudiarlas. Por otra parte, que un responsable de educación piense que una chica de 13 o 16 años no sabe lo que tiene, donde lo tiene y como se usa es algo así como reconocer que vive con la cabeza metida en el culo, y desde hace bastante tiempo. Ya en mi juventud los chicos empezábamos a urgarnos la pilila a los 4 años y ya no la soltábamos hasta un lustro o una década más tarde; no me cabe la menor duda de que las chicas hiceron y hacen otro tanto, siquiera con más clase, distinción y disimulo.

Desde mi experiencia en innovación se me ocurre es que esto va a ser un capítulo de creatividad espontánea autoinducida. Porque me puedo imaginar la escena: esa consejera de la juventud extremeña que está encerradita en su despacho revisando maromos en bolas y haciéndose una gayola. La semana pasada ha tenido que echarle un rapapolvo al informático de la casa -sobrino de una cuñada suya- porque oye, lo del firewall de los cojones cortando las páginas porno está muy bien para la tropa, pero mi usuario me lo dejas libre como los pájaros o le dices a tu madre que a tu hermano el que no tiene estudios lo va a colocar su marido. Y enseguida se produce el problema: luxación severa en la muñeca (que a ver como firmo yo ahora los cheques del plan E) y lo que es peor, quedarse a medias. Y es que colega: ya no sabemos ni hacernos pajas. EUREKA. ¿Cosa más necesaria puede haber que un curso de masturbación? Interfono presionado: a ver Gutierrez, llámame a Sánchez de proyectos, que se me ha ocurrido una idea. Y pídeme ya que estás cita con el traumatólogo.

Pero claro, estas cosas hay que vestirlas. Digamos por ejemplo que hay que "fomentar la autoexploración sexual y el autodescubrimiento del placer" (por cierto Gutierrez: llame a ver si me tienen ya reparado el auto). Porque de lo que se trata no es de tocarse las partes pudendas en plan egoísta de derechas, en plan neoliberal capitalista de las cosas de Onán el guarro, sino de"construir espacios de intercambio y participación donde se aborden las preocupaciones y las angustias de los jóvenes sobre la sexualidad" (que suena exactamente a las pajillas que Torrente le proponía a sus compinches de vigilancia). Y, por supuesto, de "facilitar la adquisición, desarrollo e interiorización de hábitos saludables, autoestima, seguridad y la puesta en práctica a través de la autoexploración sexual y de un autoconocimiento erótico desde una perspectiva feminista". Y bueno, esta frase, ya sabéis lo que quiere decir ("ayudémoslas a ellas, que no saben lo que hacen). Y es que todo el mundo sabe que no hay gesto más feminista y reivindicativo que hacerselo una y dejar al machista del marido o el novio a pan y agua, y que era eso mismito lo que tenían en mente la Beauvoir, la Camprubí y las otras pavas que se jugaron el pellejo para que las mujeres tuvieran exactamente la misma dignidad del varón.


Decía Juvenal algo así como Maxima debetur puero reverentia, o sea: el niño merece el máximo respeto. A los jóvenes, que en esta época son niños, los estamos tratando como si fuesen carajotes, y lo más probable es que se nos vayan a quedar así de mayores. Y luego nos echaremos las manos a la cabeza y diremos que nos pegan, que son unos flojos y unos desagradecidos, que no entienden, ni sienten, ni padecen. Nosotros que les hemos enseñado a hacerse pajas, les pasamos amablemente de curso sin saber hacer la O con un canuto y que luego les acogimos en casa hasta los 35 para que la cosa de la presión no les impidiese cumplir su sueño: ser funcionarios, para luego diseñar programas sociales tan chachis como estos.

Lituano; hay días que uno quisiera ser lituano. Pasmo de país, por Júpiter.

[N.B. Mami, esta semana ha tocado estar soez de narices. Pero es que pegaba, joder, pegaba]

domingo, 8 de noviembre de 2009

Monsieur Le Foie

Monsieur Le Foie

Todas las generaciones tiene sus imaginarios cinematográficos, y la nuestra -que a día de hoy no me acuerdo si es la generación perdida, la que se busca, la que se encontró o la que fue a por tabaco y no volvió- no iba a ser menos. Una de esas escenas cinceladas en nuestra retina digo yo que sería la delirante conversación que Vincent/Travolta y Jules/Samuel L. Jackson mantenían al pricipio de Pulp Fiction. Ya sabéis: aquella en la que Travolta, que no se ha visto en otra igual, le cuenta a su compinche como son las cosas al otro lado del charco, diciéndole oye, no veas como son estos europeos de la Francia de los franceses, que al Big Mac de toda la vida van y lo mentan como Le Big Mac. Los muy cachondos, los muy finolis.

Viene al caso para cumplir una promesa hecha a mi amigo Andrés de hablar del foie, que tiene que ser, y no puede ser más que Le foie. Por que a este manjar exquisito hay que hablarle de usted, como al jamón ibérico y al caviar, que conformarían algo así como la santísima trinidad de la gastronomía. El marisco, para que nadie se enfade, quedaría entonces como la angeología de este universo delicioso. Aunque si le da a elegir, servidor se queda con el primero (quizás porque caviar bueno probé una vez en vida y con sentimiento de culpa de tan caro que resulta).
Pero vamos al turrón como dicen por ahí y expliquemos como se hace el foie en casa, por la mitad de dinero que se come fuera, mucho más bueno y para colmo con la posibilidad de que a uno lo saquen a hombros si le da por compartirlo con algunos amigos. Lo primero es conseguir el foie, que tiene el aspecto que aquí os adjunto. De pato o de oca; el segundo es más delicado y un poquito más caro.
Yo, que por mucho que disfrute cocinando o comiendo soy un completo desconocedor de las tiendas gourmet o especializadas de nuestra ciudad (no digamos de fuera), os recomiendo ir a tiro hecho: la Tienda Gourmet del Corte Inglés. Allí debéis encargarlo con una semana de antelación (el foie hay que prepararlo el día antes de la gran cita); os saldrá como a 60 € el kilo, y como cada pieza pesa unos 600 gramos, ir perdiéndole el cariño a unos 35 €.

El siguiente paso decisivo es el licor con el que vamos a aromatizar nuestra obra maestra. La cosa está bastante clara: versión dos orejas y rabo/versión excelente vuelta al ruedo. Si la elección es A, os toca comprar un
Sauternes, que es un vino blanco francés dulce, delicioso, pero que sale como a 20 € una botella pequeña. Oro puro. Pero está más que de sobra con un Oporto de calidad. En cualquier Hipermercado grande podréis encontrar un reserva por 9-10 € muy bueno, y por ese precio en un aeropuerto portugués se hacen virguerías. Un poco de sal y pimienta es todo lo que falta por la parte de la materia prima, porque el foie es tan sublime que como decía el poeta de la rosa mejor no tocarla demasiado.

Estamos en el día antes, tenemos todo lo necesario y nos ponemos a intervenir. Casi lo más importante es limpiar el foie. Es extremadamente graso, así es que deberemos tener un cuenco de agua helada para ir remojando las manos durante el proceso de extracción de la telilla que recubre al hígado y las venas principales. Estas hay que segurlas con un cuchillo corto y con mucha delicadeza irlas eliminando. No se trata de que todos sean grandes bloques, pero tampoco de hacer un picadillo.

El resultado, que es casi todo porque la merma es poca, lo echamos en un bol y lo salpimentamos ligeramente. A continuación va el licor elegido: no más de medio vaso, aunque es al gusto. El resto vale ir catándolo durante la elaboración que no todo va a ser sacrificio. Siempre con las manos muy frías lo mezclamos todo y lo metemos en la nevera un par de horas para que macere. Después lo sacamos y lo metemos bien apretado en un tupper, retirando el licor que sobre. En una olla con agua caliente metemos ese tupper al baño María unos diez minutos. Después lo recomponemos un poco (la grasa tiende a separarse y no conviene que se vaya toda arriba) y lo guardamos en la nevera, repitiendo un par de veces lo de redistribuir la grasa en las siguientes dos horas. Y hasta mañana, que lo sacaremos en unos medallones y lo acompañaremos de tostas muy finas (nada de biscotes, amigos) que podemos hacer un rato antes. Hay que servirlo muy frío o pierde la gracia, así es que nada de pasearlo mucho antes de comerlo. Y si nos da el punto, podemos acompañarlo con una mermelada o una compota.


Aparte de tal cual, por supuesto, un poco de foie le da un toque de realce sublime a un puñado de platos. De entre los que más me gustan, diría el carpaccio de gambas y el rissotto ai funghi. Ambos son platos sencillos que si los tomas fuera de casa te da la impresión de alta cocina que no te meneas, pero que en casa se despachan en media hora con éxito seguro. Sin ese poquito de foie, que puede ser perfectamente un poco del que sobró ayer o antes de ayer, cobran otra dimensión. Pero el acabose es un plato clásico que ya casi no se ve por ahí y que nos cuenta cómo se las gasta el señor foie no tal y como lo hemos hecho, sino tras simple vuelta y vuelta en la plancha. Se llama Tournedó Rossini y os lo relato a bote pronto: base de pan de molde tostado cortado en un redondel, solomillo de ternera vuelta y vuelta, loncha de foie hecho en plancha quince segundos de cada lado a fuego máximo, una lámina de trufa y el desgrasado de la sartén (con un licor y un poco de nata) salseando por encima. Tiempo total de elaboración: diez minutos. Fast food, hermanos. E ideal para un aniversario.
Uno puede imaginarse a Vincent Vega sobreviviendo a Bruce Willis y llevándose a su amigo Jules a un bistro parisino y diciéndole, mientras les marchan un par de Rossinis: "Ahora te vas a tomar tú, compadre, la hamburguesa más elegante del mundo. For the glory of my mother".