viernes, 18 de marzo de 2011

Sócrates en Ikea

Mi anécdota preferida de Sócrates ocurre cuando un grupo de animados fans se empeña en llevarlo a visitar un mercado. Resulta que el bueno del maestro, al que apodaban el Tábano por como aguijoneaba con sus preguntas a los atenienses, nunca había pisado uno. Así es que aquel puñado de imberbes debió pensar que llevarse al maestro de tiendas sería divertido. Para ver cómo reaccionaba, pensando, supongo, que el viejo fliparía al conocer las telas, las vasijas, collares, utensilios y manjares que se podían comprar en uno de aquellos señalados enclaves de la ciudad, por entonces en su Edad de Oro, tal y como se llamó al tiempo en que gobernó Pericles. Sócrates fue conducido al lugar, y tras pasearse por los puestos y el bullicio, algunos de aquellos se le acercaron para recabar su opinión. Él se manifestó encantado con la experiencia, y dijo que le parecía fascinante que existiesen tantas cosas que él no necesitaba.

De esto me acordaba yo el otro día al terminar una incursión entresemanal en Ikea - cuando, derrengado y fuera de hora para cumplir con mis obligaciones culinarias, termine por rendirme junto a la family a los encantos de la Ikea Food (que suena como un bocadillo de mueble, y no sabe mucho mejor). O sea -me decía a mi mismo, haciendo un poco de filosofía-ficción-, ¿cómo se las gastaría el maestro en Ikea? ¿Cómo reaccionaría ante el reclamo de la lámpara Böja (que suena a ERE) o la estantería Billy? ¿Podría escapar sin adquirir unos cuantos Klistrig (mantel individual, 1,99 €), podría acaso resistirse a la Bellinge (alfombra tipo-Ágata-Ruiz-de-la-Prada, 13,50), superaría la tentación de arramplar con los aplicadores Husvik, a 32,95 la unidad? Porque una cosa es hacerse el chulito-asceta en el siglo V a.C. y otra muy distinta tener el temple de surcar tal marea de cosas útiles al tiempo que hábilmente diseñadas sin picar por aquí y acullá, disponibles para regocijo del urbanita algo pelado de pasta del siglo XXI.

Apuesto a que habría resistido. No era un Diógenes de la vida - éste, suelto por la sección de jardinería, puedes estar seguro de que se te mearía en las macetas (por ejemplo en el Skörd, macetero, 29,95). Sócrates no era un héroe - acaso fue uno de los hombres más humanos que haya existido, en el sentido más amplio del término. Pero lo cierto es que todo lo puso por detrás de su humanidad - la fama, el dinero, el sexo, todo quedaba para él por detrás de interesarse por lo humano, hacer el bien y sobre todo compartir lo poco que, según él, sabía. Si le hubieras dado un poco de ese salmón sueco que despachan sobre tostas suecas, sin duda lo habría comido. Si le hubieras ofrecido algo de beber, lo hubiera aceptado también. Pero si esperabas que fuese a pagar por ello, a comprometer siquyiera una micra su libertad por tener o gustar de esto o aquello, estás listo.

El maestro decía también que las almas ruines sólo se dejan conquistar con presentes. A mi me dieron cuatro vales para tapas suecas (que merecen capítulo aparte), y hociqué. ¡Qué débil es la carne y qué lejos queda el maestro!


domingo, 6 de marzo de 2011

Welcome to New Orleans

Hay mucha gente que no se acerca al Jazz por esa especie de halo metafísico que desprende esta música tan especial - ese humo de cigarrillos y sospechosa oscuridad de garito marginal que acompañan a unos acordes que parecen vulnerar todas las normas escritas sobre la armonía. Lo sé por experiencia propia; me mantuve al margen muchos años, pues no me convencían en absoluto los gorgoritos de Miles Davis a la trompeta, y mucho menos las abstrusas composiciones "modernas" de Petrucciani, Chick Corea y compañía. Para un tipo enamorado hasta las trancas de la clásica, aquello era divagación y poco más.
Mi error, por supuesto, fue empezar la casa por la ventana. Años más tarde me topé con Louis Armstrong, Ella Fitzgerald y otros insignes Jazz Singers, y la borrasca comenzó a disiparse. Con aquello -Jazz clásico, a su vez- podía uno engancharse, me dije. Luego descubrí que todos ellos, como los posteriores a los que seguía sin entender, bebían del mismo río; el Mississipi, para más señas. En Nueva Orleans estaba la encrucijada y el misterio por desenterrar. Así es que probé. Y quedé prendado, hasta hoy día.

Para mi, el bluez y el jazz de Nueva Orleans son un poco como el flamenco. Una música de mestizaje y a la vez extraordinariamente auténtica y primitiva. Por eso tienen tanto acérrimos detractores como fanáticos seguidores. Y por eso también, cuando a uno le pica el bicho, lo normal es que quede infectado por él. Son además músicas que requieren casi siempre el directo para ser captadas en toda su maravillosa rudeza, con esa simplicidad que te agarra por las entrañas y te arranca las palmas o te mueve los pies como por encanto de vudú.

El Jazz de Nueva orleans es una música que glorifica la vida corriente. Nace, con el blues, como un canto de esclavos, y los acompaña desde entonces en las celebraciones de Carnaval, en sus festividades varias, e incluso cuando se trata de oficiar un entierro. ¡Por favor, cuando muera, que el que me quiera me haga un entierro así, con su banda!

Para el que guste de probar, ahí van unas cuantas recomendaciones (he tomado las que tienen vídeos decentes):

- Preservation Hall. Probablemente, la banda más reconocida de New Orleans Jazz. Tiene grabaciones estupendas e intérpretes míticos. De largísima historia, sus componentes actuales deben andar por la setentena de edad media. Eso no es nada en esta música. Véase, por ejemplo, como bordan aquí Hindustán en Rochester, o como, ya en casa (en la sala que lleva su nombre), despachan el Tailgate Ramble
















- La Silverleaf Jazz band tiene algunas grabaciones estupendas. Aquí les tenemos con una versión de Panamá en las que están entonadísimos.
- Satchmo fue el artista-gozne - el que dio el salto de New Orleans a Chicago, llevándose el jazz con él, y abriéndolo un tanto a todo lo que después fue (swing, be-bop, etc.). Armstrong no es un icono de la cultura occidental porque sí. Hizo de todo y todo lo hizo bien. Los puristas dirán que su Basin Street Blus del 64 no tiene la fuerza de 35 años antes - pero sigue siendo una delicia de arte, musicalidad y, como diríamos por aquí, de salero.
- Una de las grandes bandas que abrieron al gran público esta música fue la de King Oliver. Su Saint James Infirmary es como la 5ª Sinfonía del género. Muchos otros han tocado esta pieza, pero, me parece, ninguno como él y los suyos.
- Pero quizás el solista que llevó el jazz tradicional a la masa fue Sidney Bechet. He dado con una versión de la Petite Fleur que tocó en el Olimpia de París (tuvo que hacer las maletas por pegar un par de tiros a destiempo). Es justo lo que oía en mi cabeza cuando, a las pocas horas de nacer, me quedé mirando a mi Claudia.
- Los carinetistas merecen un capítulo aparte. Primero, porque el instrumento en cuestión es algo así como el espíritu de esta música. Segundo, porque es el instrumento preferido de servidor. El estándar actual es el doctor Michael White, quien, más allá de pasar una infancia complicadita con la guasa del nombre, toca como los ángeles y se suele rodear de los mejores.
- Pero el pater de todos estos clarinestistas de New Orleans bien podría ser George Lewis. Termino con él, porque ya me estoy alargando; su Over the waves sigue poniendo los vellitos como escarpias.


Que ustedes lo disfruten

sábado, 19 de febrero de 2011

Kinder Ja, Kinder Nein

[N.B.: la entrada de esta semana, está dedicada, como no podía ser de otra manera, al gran Raúl Flores, que me ha dado una alegría -por él, porque lo quiero- al anunciar que ha encargado su ingreso en el noble club de los padres. Va por ti, figura]

Tengo el recuerdo muy fresco, aunque han pasado como 18 años. Era la primera cassette a la que me enfrentaba en mi estudio del -ahora parece muy de moda gracias a Frau Merkel- alemán, en el Instituto de Idiomas. Era una conversación entre una parejita de teutones que platicaban, muy cerebrales ellos, sobre los pros y los contras de tener niños. Los niños te restan energías, te suman afectos, te restan ingresos, te suman responsabilidad, y cosas así. No sé si me chocaba más, desde mi latinidad incapaz de tales desapasionados análisis, el contenido de lo que fría y cabalmente enumeraban o el tono neutral y cansino con el que lo acompañaban. ¿Niños sí, niños no? Yo por entonces no lo sabía. Quiero decir: creía saber que quería un puñado de ellos, porque siempre me habían gustado, pero me ha hecho falta tenerlos para saber realmente por qué esa aventura que emprendí junto a mi media naranja ha sido y es de verdad provechosa.

Voy intentar explicarlo a renglón seguido. Entre medias, y para los que no me conocen, advierto que no estoy para dar lecciones a nadie. Primero, por ignorancia de muchas cosas (de casi todas). Y segundo, porque va en contra de mis pocos principios aconsejar a nadie, por lo menos cuando no me lo piden. Tampoco voy a hablar de cómo se tienen niños. Y eso porque, a estas alturas de partido, estoy muy cerca de aquel escritor inglés que decía que, cuando era joven, tenía cinco teorías sobre cómo se debe manejar a los niños, mientras que, al hacerse mayor, terminó teniendo cinco niños y ninguna teoría.

Vamos allá: niños SÍ, pero. No hace falta tener niños para ser feliz. No hace falta un estudio sociológico para saber esto. He conocido gente feliz sin niños - ya fuese voluntaria o involuntariamente. En realidad, se puede ser feliz casi de cualquier manera, siempre que se tengan unos mínimos (seguridad, salud, libertad, etc.) y a la vez se tenga un por qué vivir. Hay muchos porqués más allá de los niños, y en realidad, me parece que los hijos como razón por la cual vivir son una muy mala idea.
Lo que no se puede ser es feliz sin amar. Nein. Llevo más de veinte años interesado en la felicidad, y ni he vivido, ni visto, ni conocido, ni leído nada, ni conversado con nadie que fuese feliz sin amar. De hecho, la mayor ventaja que le encuentro al hecho de tener niños es que multiplica las opciones de amar. Si empleamos una metáfora empresarial, lo veo así: cada amigo es una sucursal nueva con la que poder querer. La familia (nuclear, a mi juicio) son otras tantas sucursales, puede que de mayor rango. Tu pareja es como un desdoblamiento de tu sede central. Y cada hijo es como otra gran sede. Si quieres crecer en este metafórico "mercado del amor" - si quieres pasar a comerciar a lo grande - requieres de una estrategia expansiva, y ahí entran los hijos.
Se puede hacer lo mismo de otras formas. Por ejemplo, involucrándote en proyectos sociales. Ya sea repartiendo cafés de madrugada a las prostitutas, curando en Burundi o asesorando a toxicómanos o mujeres maltratadas - hay como un millón de formas de amar a lo grande sin tener hijos. En este sentido, por supuesto, tener hijos es superfluo tanto personalmente como de cara a contribuir al bien ajeno. Por lo que a mi respecta, es tan grande dar la vida como mejorarla. Qué le vamos a hacer; soy un tipo de sensaciones cualitativas antes que cuantitativas.

Por supuesto, se me recordará, eso de abrir sucursales incrementa tanto las posibilidades de éxito como las de fracaso. Cuanto a más personas quieres, más posibilidades de sufrir enfrentas. Porca miseria. El ser humano es así. esa es precisamente la razón por la que muchos se resistena amar hasta el fondo. Love hurts, y todo eso. ¡Qué se le va a hacer! Los que jugamos al baloncesto, por ejemplo, lo tenemos claro: sólo falla el que lanza a canasta. Pese a todo, y siquiera con mesura, yo seguiré lanzando, aunque no la meta ni la cuarta parte de veces que por ejemplo el gran Raúl las enchufa.
Los hijos te dan muchas otras cosas, que enumero atropellada y brevemente para no aburrir al personal. Perspectiva: si estás listo ya nunca te encabritará, digamos , que el balance no te cuadre. Revivir tu vida: a menudo vivimos a la carrera y el hecho de darle el rebobinado es una ganacia impagable. Inocencia: se puede recuperar, y a la vez se puede evitar la indeseable ingenuidad. Educación: dicen que no hay mejor manera de aprender que enseñando. Entusiasmo: a los niños todo les asombra, y es una oportunidad para averiguar por qué. Etcétera-etcétera-etcétera.

Termino con una aportación que, 2.500 años después, me temo que sigue vigente. Nótese que quien la escribe no se decanta, no pontifica, recoge todas las aristas del tema. Y que lo hace con un arte insuperable que le permite que cada cuál entienda hasta donde quiera entender:

"Para todos los hombres, los hijos son la vida. Quien, inexperto de ellos, lo censura, sufre menos, pero es feliz gracias a una desgracia"

(Eurípides, Andrómaca)

Un abrazo muy fuerte para quien, desde ya, es Don Raúl, a quien deseo que todo vaya de maravilla, para que pronto tengo uno de estos entre sus brazos

domingo, 6 de febrero de 2011

Vaya por Dios, Clint

Pues sí, aunque cueste decirlo: con Clint esta vez he pinchado en hueso. Por primera vez en muchísimo tiempo, tanto que casi no recuerdo la vez anterior. Para mi, las películas de Mr. Eastwood son de visionado obligatorio. No me pierdo una, y en la última década (Medianoche en el jardín del bien y el mal, Million Dollar Baby, Mystic River, Gran Torino...) íbamos casi a obra maestra por película. Con este ánimo, que acaso comporta pedirle demasiado, y con el sobreañadido de que me toca ir al cine a ver "películas de adultos" como a 3 veces al año (con suerte; y esos son muchas menos veces de las que me gustaría), con la responsabilidad de no fallar que ello conlleva, me arrellané en la butaca de Nervión Plaza ayer mismo dispuesto a ser conmovido y sorprendido, preparado para soltar, para mis adentros, una vez más: "Clint, eres la leche".

Pero nones - no pudo ser. Ni rastro del Eastwood seco, valiente, malencarado por inasequible a concesiones baratas a la galería. Y para colmo (otro sobreañadido) tratando un tema, el de la muerte, que me apasiona, que está prácticamente ausente de la filmografía convencional, y del que yo esperaba que, en manos del maestro, produjese una reflexión valiente, multifacética, sincera, y tan humana como en él suele ser norma. En vez de perdérseme en esta especie de nueva religión de Factory, este evanescente, cobarde y atolondrado pensar que "algo debe haber" sin detenerse lo más mínimo a apostar por qué algo, en vista de lo que sabemos, ni por depurar las consecuencias que tales visiones tienen para la vida -que al fin y al cabo, es lo único que importa.

El arranque de la película es fulgurante, intachable. Diez minutos en los que filma el tsunami que arrasase el sudeste asiático hace años de una forma tan brillante que cuesta pensar como pudo hacerse. Cada dolar que se gastó en esos efectos especiales mereció el gasto; consigue literalmente transportarte a la angustia del momento, al aturdimiento, y a casi todo lo demás que ese trauma debe producir en quien lo vive. Los actores están bastante bien: la hermosa Cecile de France se come la cámara, el niño protagonista (siempre un riesgo) está muy entero toda la cinta, y Matt Damon está comedido, cercano y sereno. Su trabajo es bueno, y además, pese al guión, la película no puede decirse que es mala. Sino muy decepcionante, porque se limita a una exposición emocional del asunto, sin traza alguna de reflexión más profunda.


No se trata de que exceso de emociones. No soy de esos que gustan del director nacido en San Francisco sólo cuando se viste de Harry el Sucio. Aunque no me disguste el personaje -especialmente ese Harry crepuscular que borda en Gran Torino-, para que quede claro y ahora que no me oye nadie: Los Puentes de Madison me arranca lágrimas a raudales, algo que el resto de machotes convendrán que no es fácil admitir. Las emociones no me parecen inadecuadas per se, faltaría más, y en esta película hay unas pocas bien engarzadas y expuestas. Pero una cosa es ser emotivo y otra estar emocionalmente superado. Y en esta película sobran emociones y falta entereza y valentía.

Lo que más me sorprende es la gente que ha visto la película y la caracteriza como "profunda". Nada más lejos de la realidad. Por cuanto respecto a la muerte, la película de Eastwood tiene exactamente la misma profundidad que el programa homónimo de Jordi González en Tele5. Travestido de Oliver Stone, la película ofrece una tesis irrefutable -y por supuesto, de ciencia ficción: hay vida después de la muerte y hay gente que habla con los muertos (mejor dicho, con "los vivos del otro lado"). Las diferencias básicas con su tocayo televisivo -una bazofia de la peor ralea, dicho sea de paso- es que en el plató hay personajes reales concernidos con las respectivas tragedias que encima tienen la desfachatez de cobrar para participar en el circo, mientras que en la cinta de Clint hay actores que actúan y todo queda en una bienintencionada ficción.

Hace ya mucho que James Randi desafió publicamente, bajo contraprestación de un millón de dólares, a quien pudiera realizar un acto paranormal controlado con éxito. Aún espera. Por lo que a mi respecta, toda esta sarta de tonterías tiene la credibilidad que merece la Bruja Lola. Una y otra vez, esta clase de supercherías son desenmascaradas. Y aún no hemos tenido la suerte de toparnos con una buena - testada y certificada. Y no porque no haya gente interesada en hacernos creer que las güijas y los mediums de este mundo son cosa cierta. No estoy diciendo con esto que deseche cualquier capacidad "extra-física", aún ignota en el hombre. Para nada. Lo que estoy diciendo es que no hay la más mínima pruba de que la existencia de mediums y parapsicólogos varios tenga nada que ver con la existencia de seres espirituales o algún tipo de existencia "después de la muerte". De hecho, si uno quiere hacer honor a cuanto sabemos a la altura del siglo XXI -y por cierto que eso es mostrar respeto por el ser humano- tendrá que admitir que nada apunta a que "vida después de la muerte" no sea una de las expresiones más estúpidas que el género humano ha sido capaz de concebir. Sorprendentemente, esta posibilidad ni es mencionada en la película -simplemente se da por supuesto que lo contrario es verdad. Si el autor cree que por el hecho de pasar olímpicamente de las religiones o dedicar cinco minutos a describir a los "falsos espiritistas" nos íbamos a tragar existen "espiritistas de veras", lo lleva claro -por lo menos, en cuanto a mi respecta. Con la obscena trampara demás de hacer decir que tras la muerte "no hay más que oscuridad" al personaje más odioso de la película - un franchute guapo, esnob, materialista, que engaña a la chica guapa y sensible, esto es, el prototipo de anticristo para los cinéfilos.

Ay, Clint. Ni un leve intento de encarar la muerte con arrestos, con fortaleza y rigor, como fenómeno humano, inevitable e irreversible que es. Ni la grandísima Elisabeth Kübler-Ross, que dedicó toda una vida a tratar a moribundos, y que tenía, por su parte, el convencimiento de la existencia de "algo" tras la muerte, se atrevió jamás a sugerir que se pudiera hablar con los espíritus. Aún se me ocurre una escapatoria para tu honor fílmico traicionado, maestro. Y es suponer que has intentado hacer una peli de ciencia-ficción, un remedo a tu manera de El sexto sentido de M. Night Shyamalan. Si ese es el caso, se queda a medio camino. Prefiero cien veces la antes dicha película que ésta -por no hablar de las fabulosas El protegido y Señales. Como sabe el terreno que pisa, el director de origen hindú s epermite muchas más licencias y fascina mucho más.

¿O no será más bien, Harry, que te estás haciendo mayor y le ves las orejas al lobo? Personalmente me gustaría imaginarte recibiendo a la parca con tu Magnum en ristre, apuntándo a la apestosa señora y soltando aquello de "Adelante, alégrame el día". Ojalá todavía pueda ser.

viernes, 21 de enero de 2011

Una de pollo

Hace tiempo que no me prodigo por la cosa culinaria, y como quiera que me lo han echado en cara, pues allá voy. El plato que paso a relatar está chupado, y queda de escándalo - justo la combinación que todos vamos prefiriendo con el tiempo, conforme la vida se aprieta (y siempre se aprieta). Además, aunque la base sea el modesto y campechano pollo, resulta que queda de escándalo incluso para ocasiones señaladas. Recuerdo la primera vez que la puso en una cena para amigos - mi señora me espetó un desinformado "¿pero pollo les vas a poner?"; al salir, cada uno me fue pidiendo, en fila, la receta.

Hay que acercarse a la carnicería, porque lo que nos hace falta no viene en bandejitas de poliespán. Necesitamos dos contramuslos deshuesados y abiertos por cabeza. También:

- ciruelas pasas (3 por cabeza)
- orejones de albaricoque (2 por cabeza)
- nueces (2 por cabeza)
- unas salchichas frescas de calidad (3 por cabeza)
- piñones (unos pocos)
- Pedro Ximenez
- Vinho de Porto
- Caldo de carne (en cubitos si no haya más remedio)
- Aceite de oliva virgen extra
- Maicena
- Unas hierbas frecas al gusto (romero y tomillo, por ejemplo; un poco de canela no le va mal)
- Sal, pimienta

.... e hilo de bramante para atar.

Arrancamos: remojamos en Pedro Ximenez las ciruelas y los orejones picados, una media hora. Después, lo unimos a los piñones y las nueces picadas y el relleno de las salchichas (los caballeros sabrán muy bien como retirarle el pellejo a las susodichas) - todo eso forma la farsa. Con ella rellenamos el pollo, salpimentamos (poco, ojo que el caldo de carne sala), lo atamos con el bramante, y lo doramos a fuego hirviendo en aceite. Añadimos las hierbas, el oporto, el caldo, y cocemos todo cubierto en la olla a fuego medio unos 20 minutos. Después retiramos la tapa y el pollo, y mientras retiramos el hilo subimos el fuego para que el caldo reduzca hasta casi salsa. Engordamos la salsa con maicena con una pizca de agua y servimos.

En total, una hora. Juro por mis maltrechas y herrumbrosas sartenes que queda como de restaurante.

Que ustedes lo disfruten (y no se olviden del pan pa' mojar)

domingo, 2 de enero de 2011

Filosofía de mocho

La filosofía de mocho no es muy conocida y aún menos practicada por estos lares. Es vieja como el mundo, aunque ha tenido más éxito en Oriente. Hace tiempo que la practico; paso a exponerla muy sucintamente por si a alguien más le aprovecha, o se siente identificado.
Consiste esta filosofía en la realización consciente y concentrada de trabajos de baja estofa que no requieren inversión intelectual alguna. Barrer, planchar, fregar el suelo, los platos - cosas así. No sirve la cocina, que incorpora sienpre un elemento creativo, ni sacar la basura, pues es un paseo corto y que distrae.
Cuando digo que hay que hacerlo concentrado no me refiero a "con pericia, bien, buscando cierta perfección". Yo, sin ir más lejos, soy un pésimo fregador de suelos, y un planchador paupérrimo. Me refiero a acometer estas tareas permaneciendo de alguna manera absorto, sustraído a casi cualquier pensamiento. Por eso se requiere que la tarea en cuestión tenga cierta simplicidad, cierta estupidez intrínseca.

Dos son las grandes ventajas filosóficas de empuñar el mocho, la escoba, o el utensilio que toque. La primera está relacionada con el par importancia-libertad. La segunda es algo más profunda, y tiene más bien que ver con la vacuidad.

Primer gran provecho: libertad frente a importancia. Un filósofo cuyo nombre ahora no recuerdo explicaba que los seres humanos tenemos que elegir entre la importancia y la libertad. La visagra entre ambas es el conocimiento -y a veces la aceptación. De ahí que siga aprovechando la palabra de Jesucristo: "La verdad os hará libres". Los humanos, cuanto más sabemos, más libres somos. Vamos conociendo de dónde venimos, de qué estamos hechos, qué se cuece por ah´´i afuera, en el cosmos. Ese conocimiento, sin duda, nos hace más libres para elegir qué queremos hacer de nuestra vida. De hecho, en el extremo más existencialista (al que me adhiero), la vida es precisamente eso, elección. Somos, decía sartre, actores empujados al escenario sin guión alguno.
La contrapartida es la pequeñez. Saber que somos un habitante entre siete mil millones de un ínfimo (irrisorio) planeta es admitir la absoluta y muy desagradable falta de importancia de uno. Y eso duele. Pascal lo reusmía a su manera: "el silencio del espacio inmenso me espanta". Como él, muchísima gente dice hoy día creer en "algo", o se apunta insinceramente a alguna religión por el mero hecho de que es incapaz de admitir su insignificancia. El terror a la muerte, desde siempre, es un poco lo mismo.
¿Qué tiene esto que ver con el mocho? Todo. Imagina que a lo largo del día has cerrado un trato importante, has superado tu presupuesto de ventas o has reñido a algún subordinado condescendientemente. Llegas a casa, los tuyos te besan, te refuerzan, tú mismo te dices que eres el mejor. Y todo eso está muy bien, pero es peligroso. Puedes llegar a creértelo demasiado. A pensar que estás a salvo de los golpes del destino - ese desgraciado que, como cantaba Sabina, después de darte champán te da chinchón. Así es que empuñas el mocho, o friegas unos cuantos platos. Con ello te recuerdas a ti mismo que no eres más que un simple mortal, tan bajo e insignificante como todos. Para ello es muy importante que uses tus manos.
¿Dónde queda la libertad? En muchos lados. Para empezar, cuando vengan duras, estás mejor preparado. Para continuar, te dices a ti mismo, aún sin saberlo, que aunque seas un directivo del copón o un vendedor de los que ya no quedan o un científico único en tu campo, mientras tengas dos manos, actitud y carácter, podrás seguir siendo válido en cualquier otra cosa. El carácter y la actitud se forjan doblegándose, no dándose premios. Está muy bien celebrar los triunfos; pero las celebraciones deben durar lo justo. ¿Metiste una canasta importante? Muy bien, alza los brazos, sonríe. pero inmediatamente baja el culo para defender en la siguiente jugada. O perderás las ganancias. La humildad siempre te lleva más lejos.

Sigo con la segunda, que es la más oriental. Vacuidad. Creo que tanto el Tao como el Budismo zen aluden a ello. Y tengo entendido que es punto principalísimo de los practicantes de una y otra vía de iluminación (llamarlas religiones es un desatino, filosofías, una reducción innecesaria). Y estoy convencido de que un monje tibetano avanza tanto en su camino cuando pela verduras como cuando adopta la postura del loto. Nuestras monjes y monjes de acá acaso sepan también bastante del asunto.
Como tratar de hablar de la vacuidad sería una contradicción de términos, pondré dos ejemplos, en parte emparentados con la primera ventaja expuesta. El primero es de Lao-Tse (Tao Te King, 22):

La rama que se dobla no se parte,
la que se inclina recupera la vertical.
El vacío puede llenarse,
lo que se desgasta se renueva.
Quien poco tiene, mucho puede recibir;
quien mucho tiene, acabará turbado.

Segundo ejemplo. Es un haiku (un poema brevísimo) zen, que siempre me ha fascinado, y que como todo lo zen, parece estúpido a la primera lectura (y a la segunda, y a la tercera...), pero no a la última. Dice así:

Saco agua del pozo
Traigo Madera
Es maravilloso


Es muy probable -lo asumo- que más de uno piense que se me ha ido la mano con el anís en estas fiestas. Pero no es así. Y, por supuesto, no disfrutando planchando, barriendo o fregando. Para ser honestos, trato de evitar hacerlo cuanto puedo.

Pero precisamente por ello aprovecha tanto la filosofía de mocho.
Pienso seguir practicando.


domingo, 19 de diciembre de 2010

Parece que habrá desempate

Siempre quise escribir algo a la sombra de esta foto. La descubrí hace un puñado de años en Internet, y no sé, siempre me ha puesto los vellos de punta. Así es que ahora que se me ha ocurrido una especie de dulce y gamberra venganza contra algunos de mis amigos, la he rescatado y en fin, aquí está.

Efectivamente, parece que habrá desempate. Yo, cuando tenía veinte años menos y bastante menos sentido común, quería tener 4 hijos. Tropecé además con una media naranja que estaba igual de infradotada que yo para la prudencia, así es que cualquier cosa podía ocurrir. Luego vino mi Claudia, que dio más guerra que un mapache, y mi Daniel, que vino enseguida, trmpicadamente. Y ahí nos quedamos: teníamos la prejita, caracteres diversos, ricos y estimulantes, mezclas diversas de lo Cerdá y lo Gamarra - lo teníamos todo.

Y realmente, lo tenemos todo. Pero un buen día, después de tanta somnolencia, tanta carrerita extemporánea a Urgencias, tanto sufrimiento exagerado (qué le voy a contar al que sea padre, qué no se imaginará el que no lo sea), los vimos grandes y fuertes y nos entró el orgullo del artesano y nos acordamos de cuando éramos más valientes - más inconscientes - y bueno, compramos boletos para el siguiente sorteo. Unos meses después de hacer deliciosas quinelas, parece que tenemos otro pleno al 15.

Servidor, además, le ha estado dando al tarro en estos últimos años. Y después de mucho pelearme con el concepto de felicidad, aunque tengo algunas cosas meridianamante claras al respecto, aún me cuesta echarle a la vida las cuentas de la felicidad, así es que he dedidido quedarme con el concepto mucho más seguro y accesible del amor. Con el amor, todo se entiende más fácil y cualquier balance demuestra su bondad palpable, diariamente. Así es que me (nos) ha parecido una excelente idea abrir una nueva sucursal - a la altura de junio, si todo sale bien.

Termino con la pequeña venganza. Hace algún tiempo algunos de amigos me empujaron a escribir este blog, con el sutil método de hacerme entender que escribir en cuartillas y para uno solo, a la altura del siglo XXI, era para majaderos y -cito textualmente- "catetos cibernéticos". Bueno, pues a alguno de ellos le he reservado esta noticia para que la reciba en un bloc (que le llama Daniel), ni más ni menos. Para que vea lo moderno e informáticamente instruido que me he vuelto.

Pero vamos, ya me quedan pocos sin saberlo. Y es una pena, porque disfruto como cochino en maizal cada vez que lo suelto.