sábado, 19 de febrero de 2011

Kinder Ja, Kinder Nein

[N.B.: la entrada de esta semana, está dedicada, como no podía ser de otra manera, al gran Raúl Flores, que me ha dado una alegría -por él, porque lo quiero- al anunciar que ha encargado su ingreso en el noble club de los padres. Va por ti, figura]

Tengo el recuerdo muy fresco, aunque han pasado como 18 años. Era la primera cassette a la que me enfrentaba en mi estudio del -ahora parece muy de moda gracias a Frau Merkel- alemán, en el Instituto de Idiomas. Era una conversación entre una parejita de teutones que platicaban, muy cerebrales ellos, sobre los pros y los contras de tener niños. Los niños te restan energías, te suman afectos, te restan ingresos, te suman responsabilidad, y cosas así. No sé si me chocaba más, desde mi latinidad incapaz de tales desapasionados análisis, el contenido de lo que fría y cabalmente enumeraban o el tono neutral y cansino con el que lo acompañaban. ¿Niños sí, niños no? Yo por entonces no lo sabía. Quiero decir: creía saber que quería un puñado de ellos, porque siempre me habían gustado, pero me ha hecho falta tenerlos para saber realmente por qué esa aventura que emprendí junto a mi media naranja ha sido y es de verdad provechosa.

Voy intentar explicarlo a renglón seguido. Entre medias, y para los que no me conocen, advierto que no estoy para dar lecciones a nadie. Primero, por ignorancia de muchas cosas (de casi todas). Y segundo, porque va en contra de mis pocos principios aconsejar a nadie, por lo menos cuando no me lo piden. Tampoco voy a hablar de cómo se tienen niños. Y eso porque, a estas alturas de partido, estoy muy cerca de aquel escritor inglés que decía que, cuando era joven, tenía cinco teorías sobre cómo se debe manejar a los niños, mientras que, al hacerse mayor, terminó teniendo cinco niños y ninguna teoría.

Vamos allá: niños SÍ, pero. No hace falta tener niños para ser feliz. No hace falta un estudio sociológico para saber esto. He conocido gente feliz sin niños - ya fuese voluntaria o involuntariamente. En realidad, se puede ser feliz casi de cualquier manera, siempre que se tengan unos mínimos (seguridad, salud, libertad, etc.) y a la vez se tenga un por qué vivir. Hay muchos porqués más allá de los niños, y en realidad, me parece que los hijos como razón por la cual vivir son una muy mala idea.
Lo que no se puede ser es feliz sin amar. Nein. Llevo más de veinte años interesado en la felicidad, y ni he vivido, ni visto, ni conocido, ni leído nada, ni conversado con nadie que fuese feliz sin amar. De hecho, la mayor ventaja que le encuentro al hecho de tener niños es que multiplica las opciones de amar. Si empleamos una metáfora empresarial, lo veo así: cada amigo es una sucursal nueva con la que poder querer. La familia (nuclear, a mi juicio) son otras tantas sucursales, puede que de mayor rango. Tu pareja es como un desdoblamiento de tu sede central. Y cada hijo es como otra gran sede. Si quieres crecer en este metafórico "mercado del amor" - si quieres pasar a comerciar a lo grande - requieres de una estrategia expansiva, y ahí entran los hijos.
Se puede hacer lo mismo de otras formas. Por ejemplo, involucrándote en proyectos sociales. Ya sea repartiendo cafés de madrugada a las prostitutas, curando en Burundi o asesorando a toxicómanos o mujeres maltratadas - hay como un millón de formas de amar a lo grande sin tener hijos. En este sentido, por supuesto, tener hijos es superfluo tanto personalmente como de cara a contribuir al bien ajeno. Por lo que a mi respecta, es tan grande dar la vida como mejorarla. Qué le vamos a hacer; soy un tipo de sensaciones cualitativas antes que cuantitativas.

Por supuesto, se me recordará, eso de abrir sucursales incrementa tanto las posibilidades de éxito como las de fracaso. Cuanto a más personas quieres, más posibilidades de sufrir enfrentas. Porca miseria. El ser humano es así. esa es precisamente la razón por la que muchos se resistena amar hasta el fondo. Love hurts, y todo eso. ¡Qué se le va a hacer! Los que jugamos al baloncesto, por ejemplo, lo tenemos claro: sólo falla el que lanza a canasta. Pese a todo, y siquiera con mesura, yo seguiré lanzando, aunque no la meta ni la cuarta parte de veces que por ejemplo el gran Raúl las enchufa.
Los hijos te dan muchas otras cosas, que enumero atropellada y brevemente para no aburrir al personal. Perspectiva: si estás listo ya nunca te encabritará, digamos , que el balance no te cuadre. Revivir tu vida: a menudo vivimos a la carrera y el hecho de darle el rebobinado es una ganacia impagable. Inocencia: se puede recuperar, y a la vez se puede evitar la indeseable ingenuidad. Educación: dicen que no hay mejor manera de aprender que enseñando. Entusiasmo: a los niños todo les asombra, y es una oportunidad para averiguar por qué. Etcétera-etcétera-etcétera.

Termino con una aportación que, 2.500 años después, me temo que sigue vigente. Nótese que quien la escribe no se decanta, no pontifica, recoge todas las aristas del tema. Y que lo hace con un arte insuperable que le permite que cada cuál entienda hasta donde quiera entender:

"Para todos los hombres, los hijos son la vida. Quien, inexperto de ellos, lo censura, sufre menos, pero es feliz gracias a una desgracia"

(Eurípides, Andrómaca)

Un abrazo muy fuerte para quien, desde ya, es Don Raúl, a quien deseo que todo vaya de maravilla, para que pronto tengo uno de estos entre sus brazos

domingo, 6 de febrero de 2011

Vaya por Dios, Clint

Pues sí, aunque cueste decirlo: con Clint esta vez he pinchado en hueso. Por primera vez en muchísimo tiempo, tanto que casi no recuerdo la vez anterior. Para mi, las películas de Mr. Eastwood son de visionado obligatorio. No me pierdo una, y en la última década (Medianoche en el jardín del bien y el mal, Million Dollar Baby, Mystic River, Gran Torino...) íbamos casi a obra maestra por película. Con este ánimo, que acaso comporta pedirle demasiado, y con el sobreañadido de que me toca ir al cine a ver "películas de adultos" como a 3 veces al año (con suerte; y esos son muchas menos veces de las que me gustaría), con la responsabilidad de no fallar que ello conlleva, me arrellané en la butaca de Nervión Plaza ayer mismo dispuesto a ser conmovido y sorprendido, preparado para soltar, para mis adentros, una vez más: "Clint, eres la leche".

Pero nones - no pudo ser. Ni rastro del Eastwood seco, valiente, malencarado por inasequible a concesiones baratas a la galería. Y para colmo (otro sobreañadido) tratando un tema, el de la muerte, que me apasiona, que está prácticamente ausente de la filmografía convencional, y del que yo esperaba que, en manos del maestro, produjese una reflexión valiente, multifacética, sincera, y tan humana como en él suele ser norma. En vez de perdérseme en esta especie de nueva religión de Factory, este evanescente, cobarde y atolondrado pensar que "algo debe haber" sin detenerse lo más mínimo a apostar por qué algo, en vista de lo que sabemos, ni por depurar las consecuencias que tales visiones tienen para la vida -que al fin y al cabo, es lo único que importa.

El arranque de la película es fulgurante, intachable. Diez minutos en los que filma el tsunami que arrasase el sudeste asiático hace años de una forma tan brillante que cuesta pensar como pudo hacerse. Cada dolar que se gastó en esos efectos especiales mereció el gasto; consigue literalmente transportarte a la angustia del momento, al aturdimiento, y a casi todo lo demás que ese trauma debe producir en quien lo vive. Los actores están bastante bien: la hermosa Cecile de France se come la cámara, el niño protagonista (siempre un riesgo) está muy entero toda la cinta, y Matt Damon está comedido, cercano y sereno. Su trabajo es bueno, y además, pese al guión, la película no puede decirse que es mala. Sino muy decepcionante, porque se limita a una exposición emocional del asunto, sin traza alguna de reflexión más profunda.


No se trata de que exceso de emociones. No soy de esos que gustan del director nacido en San Francisco sólo cuando se viste de Harry el Sucio. Aunque no me disguste el personaje -especialmente ese Harry crepuscular que borda en Gran Torino-, para que quede claro y ahora que no me oye nadie: Los Puentes de Madison me arranca lágrimas a raudales, algo que el resto de machotes convendrán que no es fácil admitir. Las emociones no me parecen inadecuadas per se, faltaría más, y en esta película hay unas pocas bien engarzadas y expuestas. Pero una cosa es ser emotivo y otra estar emocionalmente superado. Y en esta película sobran emociones y falta entereza y valentía.

Lo que más me sorprende es la gente que ha visto la película y la caracteriza como "profunda". Nada más lejos de la realidad. Por cuanto respecto a la muerte, la película de Eastwood tiene exactamente la misma profundidad que el programa homónimo de Jordi González en Tele5. Travestido de Oliver Stone, la película ofrece una tesis irrefutable -y por supuesto, de ciencia ficción: hay vida después de la muerte y hay gente que habla con los muertos (mejor dicho, con "los vivos del otro lado"). Las diferencias básicas con su tocayo televisivo -una bazofia de la peor ralea, dicho sea de paso- es que en el plató hay personajes reales concernidos con las respectivas tragedias que encima tienen la desfachatez de cobrar para participar en el circo, mientras que en la cinta de Clint hay actores que actúan y todo queda en una bienintencionada ficción.

Hace ya mucho que James Randi desafió publicamente, bajo contraprestación de un millón de dólares, a quien pudiera realizar un acto paranormal controlado con éxito. Aún espera. Por lo que a mi respecta, toda esta sarta de tonterías tiene la credibilidad que merece la Bruja Lola. Una y otra vez, esta clase de supercherías son desenmascaradas. Y aún no hemos tenido la suerte de toparnos con una buena - testada y certificada. Y no porque no haya gente interesada en hacernos creer que las güijas y los mediums de este mundo son cosa cierta. No estoy diciendo con esto que deseche cualquier capacidad "extra-física", aún ignota en el hombre. Para nada. Lo que estoy diciendo es que no hay la más mínima pruba de que la existencia de mediums y parapsicólogos varios tenga nada que ver con la existencia de seres espirituales o algún tipo de existencia "después de la muerte". De hecho, si uno quiere hacer honor a cuanto sabemos a la altura del siglo XXI -y por cierto que eso es mostrar respeto por el ser humano- tendrá que admitir que nada apunta a que "vida después de la muerte" no sea una de las expresiones más estúpidas que el género humano ha sido capaz de concebir. Sorprendentemente, esta posibilidad ni es mencionada en la película -simplemente se da por supuesto que lo contrario es verdad. Si el autor cree que por el hecho de pasar olímpicamente de las religiones o dedicar cinco minutos a describir a los "falsos espiritistas" nos íbamos a tragar existen "espiritistas de veras", lo lleva claro -por lo menos, en cuanto a mi respecta. Con la obscena trampara demás de hacer decir que tras la muerte "no hay más que oscuridad" al personaje más odioso de la película - un franchute guapo, esnob, materialista, que engaña a la chica guapa y sensible, esto es, el prototipo de anticristo para los cinéfilos.

Ay, Clint. Ni un leve intento de encarar la muerte con arrestos, con fortaleza y rigor, como fenómeno humano, inevitable e irreversible que es. Ni la grandísima Elisabeth Kübler-Ross, que dedicó toda una vida a tratar a moribundos, y que tenía, por su parte, el convencimiento de la existencia de "algo" tras la muerte, se atrevió jamás a sugerir que se pudiera hablar con los espíritus. Aún se me ocurre una escapatoria para tu honor fílmico traicionado, maestro. Y es suponer que has intentado hacer una peli de ciencia-ficción, un remedo a tu manera de El sexto sentido de M. Night Shyamalan. Si ese es el caso, se queda a medio camino. Prefiero cien veces la antes dicha película que ésta -por no hablar de las fabulosas El protegido y Señales. Como sabe el terreno que pisa, el director de origen hindú s epermite muchas más licencias y fascina mucho más.

¿O no será más bien, Harry, que te estás haciendo mayor y le ves las orejas al lobo? Personalmente me gustaría imaginarte recibiendo a la parca con tu Magnum en ristre, apuntándo a la apestosa señora y soltando aquello de "Adelante, alégrame el día". Ojalá todavía pueda ser.

viernes, 21 de enero de 2011

Una de pollo

Hace tiempo que no me prodigo por la cosa culinaria, y como quiera que me lo han echado en cara, pues allá voy. El plato que paso a relatar está chupado, y queda de escándalo - justo la combinación que todos vamos prefiriendo con el tiempo, conforme la vida se aprieta (y siempre se aprieta). Además, aunque la base sea el modesto y campechano pollo, resulta que queda de escándalo incluso para ocasiones señaladas. Recuerdo la primera vez que la puso en una cena para amigos - mi señora me espetó un desinformado "¿pero pollo les vas a poner?"; al salir, cada uno me fue pidiendo, en fila, la receta.

Hay que acercarse a la carnicería, porque lo que nos hace falta no viene en bandejitas de poliespán. Necesitamos dos contramuslos deshuesados y abiertos por cabeza. También:

- ciruelas pasas (3 por cabeza)
- orejones de albaricoque (2 por cabeza)
- nueces (2 por cabeza)
- unas salchichas frescas de calidad (3 por cabeza)
- piñones (unos pocos)
- Pedro Ximenez
- Vinho de Porto
- Caldo de carne (en cubitos si no haya más remedio)
- Aceite de oliva virgen extra
- Maicena
- Unas hierbas frecas al gusto (romero y tomillo, por ejemplo; un poco de canela no le va mal)
- Sal, pimienta

.... e hilo de bramante para atar.

Arrancamos: remojamos en Pedro Ximenez las ciruelas y los orejones picados, una media hora. Después, lo unimos a los piñones y las nueces picadas y el relleno de las salchichas (los caballeros sabrán muy bien como retirarle el pellejo a las susodichas) - todo eso forma la farsa. Con ella rellenamos el pollo, salpimentamos (poco, ojo que el caldo de carne sala), lo atamos con el bramante, y lo doramos a fuego hirviendo en aceite. Añadimos las hierbas, el oporto, el caldo, y cocemos todo cubierto en la olla a fuego medio unos 20 minutos. Después retiramos la tapa y el pollo, y mientras retiramos el hilo subimos el fuego para que el caldo reduzca hasta casi salsa. Engordamos la salsa con maicena con una pizca de agua y servimos.

En total, una hora. Juro por mis maltrechas y herrumbrosas sartenes que queda como de restaurante.

Que ustedes lo disfruten (y no se olviden del pan pa' mojar)

domingo, 2 de enero de 2011

Filosofía de mocho

La filosofía de mocho no es muy conocida y aún menos practicada por estos lares. Es vieja como el mundo, aunque ha tenido más éxito en Oriente. Hace tiempo que la practico; paso a exponerla muy sucintamente por si a alguien más le aprovecha, o se siente identificado.
Consiste esta filosofía en la realización consciente y concentrada de trabajos de baja estofa que no requieren inversión intelectual alguna. Barrer, planchar, fregar el suelo, los platos - cosas así. No sirve la cocina, que incorpora sienpre un elemento creativo, ni sacar la basura, pues es un paseo corto y que distrae.
Cuando digo que hay que hacerlo concentrado no me refiero a "con pericia, bien, buscando cierta perfección". Yo, sin ir más lejos, soy un pésimo fregador de suelos, y un planchador paupérrimo. Me refiero a acometer estas tareas permaneciendo de alguna manera absorto, sustraído a casi cualquier pensamiento. Por eso se requiere que la tarea en cuestión tenga cierta simplicidad, cierta estupidez intrínseca.

Dos son las grandes ventajas filosóficas de empuñar el mocho, la escoba, o el utensilio que toque. La primera está relacionada con el par importancia-libertad. La segunda es algo más profunda, y tiene más bien que ver con la vacuidad.

Primer gran provecho: libertad frente a importancia. Un filósofo cuyo nombre ahora no recuerdo explicaba que los seres humanos tenemos que elegir entre la importancia y la libertad. La visagra entre ambas es el conocimiento -y a veces la aceptación. De ahí que siga aprovechando la palabra de Jesucristo: "La verdad os hará libres". Los humanos, cuanto más sabemos, más libres somos. Vamos conociendo de dónde venimos, de qué estamos hechos, qué se cuece por ah´´i afuera, en el cosmos. Ese conocimiento, sin duda, nos hace más libres para elegir qué queremos hacer de nuestra vida. De hecho, en el extremo más existencialista (al que me adhiero), la vida es precisamente eso, elección. Somos, decía sartre, actores empujados al escenario sin guión alguno.
La contrapartida es la pequeñez. Saber que somos un habitante entre siete mil millones de un ínfimo (irrisorio) planeta es admitir la absoluta y muy desagradable falta de importancia de uno. Y eso duele. Pascal lo reusmía a su manera: "el silencio del espacio inmenso me espanta". Como él, muchísima gente dice hoy día creer en "algo", o se apunta insinceramente a alguna religión por el mero hecho de que es incapaz de admitir su insignificancia. El terror a la muerte, desde siempre, es un poco lo mismo.
¿Qué tiene esto que ver con el mocho? Todo. Imagina que a lo largo del día has cerrado un trato importante, has superado tu presupuesto de ventas o has reñido a algún subordinado condescendientemente. Llegas a casa, los tuyos te besan, te refuerzan, tú mismo te dices que eres el mejor. Y todo eso está muy bien, pero es peligroso. Puedes llegar a creértelo demasiado. A pensar que estás a salvo de los golpes del destino - ese desgraciado que, como cantaba Sabina, después de darte champán te da chinchón. Así es que empuñas el mocho, o friegas unos cuantos platos. Con ello te recuerdas a ti mismo que no eres más que un simple mortal, tan bajo e insignificante como todos. Para ello es muy importante que uses tus manos.
¿Dónde queda la libertad? En muchos lados. Para empezar, cuando vengan duras, estás mejor preparado. Para continuar, te dices a ti mismo, aún sin saberlo, que aunque seas un directivo del copón o un vendedor de los que ya no quedan o un científico único en tu campo, mientras tengas dos manos, actitud y carácter, podrás seguir siendo válido en cualquier otra cosa. El carácter y la actitud se forjan doblegándose, no dándose premios. Está muy bien celebrar los triunfos; pero las celebraciones deben durar lo justo. ¿Metiste una canasta importante? Muy bien, alza los brazos, sonríe. pero inmediatamente baja el culo para defender en la siguiente jugada. O perderás las ganancias. La humildad siempre te lleva más lejos.

Sigo con la segunda, que es la más oriental. Vacuidad. Creo que tanto el Tao como el Budismo zen aluden a ello. Y tengo entendido que es punto principalísimo de los practicantes de una y otra vía de iluminación (llamarlas religiones es un desatino, filosofías, una reducción innecesaria). Y estoy convencido de que un monje tibetano avanza tanto en su camino cuando pela verduras como cuando adopta la postura del loto. Nuestras monjes y monjes de acá acaso sepan también bastante del asunto.
Como tratar de hablar de la vacuidad sería una contradicción de términos, pondré dos ejemplos, en parte emparentados con la primera ventaja expuesta. El primero es de Lao-Tse (Tao Te King, 22):

La rama que se dobla no se parte,
la que se inclina recupera la vertical.
El vacío puede llenarse,
lo que se desgasta se renueva.
Quien poco tiene, mucho puede recibir;
quien mucho tiene, acabará turbado.

Segundo ejemplo. Es un haiku (un poema brevísimo) zen, que siempre me ha fascinado, y que como todo lo zen, parece estúpido a la primera lectura (y a la segunda, y a la tercera...), pero no a la última. Dice así:

Saco agua del pozo
Traigo Madera
Es maravilloso


Es muy probable -lo asumo- que más de uno piense que se me ha ido la mano con el anís en estas fiestas. Pero no es así. Y, por supuesto, no disfrutando planchando, barriendo o fregando. Para ser honestos, trato de evitar hacerlo cuanto puedo.

Pero precisamente por ello aprovecha tanto la filosofía de mocho.
Pienso seguir practicando.


domingo, 19 de diciembre de 2010

Parece que habrá desempate

Siempre quise escribir algo a la sombra de esta foto. La descubrí hace un puñado de años en Internet, y no sé, siempre me ha puesto los vellos de punta. Así es que ahora que se me ha ocurrido una especie de dulce y gamberra venganza contra algunos de mis amigos, la he rescatado y en fin, aquí está.

Efectivamente, parece que habrá desempate. Yo, cuando tenía veinte años menos y bastante menos sentido común, quería tener 4 hijos. Tropecé además con una media naranja que estaba igual de infradotada que yo para la prudencia, así es que cualquier cosa podía ocurrir. Luego vino mi Claudia, que dio más guerra que un mapache, y mi Daniel, que vino enseguida, trmpicadamente. Y ahí nos quedamos: teníamos la prejita, caracteres diversos, ricos y estimulantes, mezclas diversas de lo Cerdá y lo Gamarra - lo teníamos todo.

Y realmente, lo tenemos todo. Pero un buen día, después de tanta somnolencia, tanta carrerita extemporánea a Urgencias, tanto sufrimiento exagerado (qué le voy a contar al que sea padre, qué no se imaginará el que no lo sea), los vimos grandes y fuertes y nos entró el orgullo del artesano y nos acordamos de cuando éramos más valientes - más inconscientes - y bueno, compramos boletos para el siguiente sorteo. Unos meses después de hacer deliciosas quinelas, parece que tenemos otro pleno al 15.

Servidor, además, le ha estado dando al tarro en estos últimos años. Y después de mucho pelearme con el concepto de felicidad, aunque tengo algunas cosas meridianamante claras al respecto, aún me cuesta echarle a la vida las cuentas de la felicidad, así es que he dedidido quedarme con el concepto mucho más seguro y accesible del amor. Con el amor, todo se entiende más fácil y cualquier balance demuestra su bondad palpable, diariamente. Así es que me (nos) ha parecido una excelente idea abrir una nueva sucursal - a la altura de junio, si todo sale bien.

Termino con la pequeña venganza. Hace algún tiempo algunos de amigos me empujaron a escribir este blog, con el sutil método de hacerme entender que escribir en cuartillas y para uno solo, a la altura del siglo XXI, era para majaderos y -cito textualmente- "catetos cibernéticos". Bueno, pues a alguno de ellos le he reservado esta noticia para que la reciba en un bloc (que le llama Daniel), ni más ni menos. Para que vea lo moderno e informáticamente instruido que me he vuelto.

Pero vamos, ya me quedan pocos sin saberlo. Y es una pena, porque disfruto como cochino en maizal cada vez que lo suelto.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Baloncesto y algo más (palabra de Boza)

El baloncesto, no me cansaré de repetirlo, es mucho más que un deporte. El deporte en sí es una fuente de valores y sabiduría: al menos cuando se lo practica como tal, no para hacer dinero o montar espectáculos. En tales casos, puede que también, pero a menudo la moraleja no está ya tan clara. El caso es que, entre los deportes, los que son de equipo son los más ricos, porque a la virtud del esfuerzo personal, el afán de superación y muchas otras ganancias personales, se le añade el espíritu de equipo, la capacidad de compartir y de sacrificarse por los demás. De entre todos ellos, el mejor es sin duda el baloncesto.

Y como estas cosas son fáciles decirlas cuando a uno le lleva la pasión por lo que le gusta, me he propuesto traer a colación un ejemplo ajeno que lo ilustre, a modo de demostración. Y como son las palabras de uno de los más grandes entrenadores europeos de la historia, resulta que son palabras mayores. Bozidar Maljkovic, para el que sea demasiado para recordarlo, entrenó a un prodigio baloncestístico de los 90 llamada Yugoplastika de Split, donde jugaban un puñado de imberbes llamados Radja, Kukoc, Tabak o Ivanovic (ese tipo tan malencarado que ahora gesticula desde el banquillo del Baskonia). Él tiene una suerte de "reglas de oro" del baloncesto que a servidor le parecen estupendas para ser trasladadas a la vida. Y como da la casualidad que los humanos aprendemos cualquier concepto mil veces antes practicándolo que memorizándolo, es fácil constatar la cantidad de cosas que se aprenden mientras se corre por la cancha, se pasa la bola, se suda, se grita y se defiende.
Ahí se las dejo con mi propia, breve, y me temo que obvia traducción enfocada sobre todo al mundo laboral. La de euros en libros y consultores (con perdón para el que lo sea) que se podrían ahorrar organizando equipos de baloncesto en las empresas...
Ni que decir tiene que va por ustedes, compañeros del Plantinar que me enseñan estas cosas cada martes.

1.-“Nunca se puede recuperar un entrenamiento perdido ni un partido perdido”
Hay que trabajar todos los días con la misma intensidad. La relajación es de perdedores. Vivir es superarse (lo otro es sobrevivir).

2.-“Todos los partidos son importantes, sólo los malos profesionales hacen distinciones”
No hay temas irrelevantes, sino personas poco diligentes. No se trata de tomárselo todo severamente, sino seriamente.

3.-“Hay dos tipos de jugadores: buenos y malos. No hay diferencias entre jóvenes y veteranos”
Lo mismo da que acabes de llegar que lleves veinte años en la organización en la que trabajas.Todos los días hay que demostrar que mereces el sueldo que te pagan, e incluso más.

4.-“La asistencia hace feliz a dos personas. Un tiro sólo a una”
El trabajo en equipo es la base de la satisfacción en el trabajo. A la empresa le interesa la gente que no quiera ponerse medallas, sino alcanzar logros para el colectivo. Hay que hacer crecer a los que nos rodean - esa es de hecho la principal satisfacción que te va a proporcionar en el trabajo.

5.-“El baloncesto es una bella sinfonía entre defensa, contraataque y ataque posicional”
En una organización hay de todo - como en botica. Hay días duros, jornadas más livianas y tiempo para la conversación. Hay un tiempo para la concentración, otro para las prisas, aún otro para la creatividad y también para el análisis. Hay que saber bailar con cualquier partenaire.

6.-“Un jugador debe estar dispuesto para jugar 3 ó 33 minutos y para anotar 3 ó 33 puntos”
No siempre vamos a tener el protagonismo. Tanto si lideramos un proyecto como si participamos con un papel secundario, nuestro esfuerzo y talento son importantes. La cuestión es sumar, no destacar.

7.-“Todo lo que no mata nos hace más fuertes”
Equivocarse no es malo, sino obligatorio. El drama es no aprender. No miremos atrás más que para recordar nuestros fallos en pos de no repetirlos. No nos quedemos anclados en un revés, miremos hacia delante.

8.-“Un ‘crack’ nace gracias a su padre y a su madre. Un entrenador le ayuda”
La gentes es buena o mala, lista o tonta. Todo el mundo viene hecho. Un jefe sólo es capaz de aportar una orientación, estímulo y motivación. Pero no puede convertir a un zoquete en un genio, ni lo contrario. De lo que se trata entonces es de sacar el máximo partido de cada uno - pero sobre todo de la suma de ellos, del conjunto.


9.-“Un club debe guardar sus secretos y debe actuar en un 90% con diplomacia y de forma agresiva el otro 10 por ciento ”
Las cosas que pasan en el departamento y en la equipo se solucionan internamente. Discreción, diplomacia y reserva son términos importantes. Pero cuidado si nos atacan - morderemos.


domingo, 14 de noviembre de 2010

La sonrisa de Zapatero

El pasado viernes la volvía a ver. En un atractivo programa que repasaba las que (supuestamente) eran las imágenes de la década, retomaron los debates políticas de las últimas elecciones. Pincharon un poco al bueno de Mariano con el asunto de la niña (enorme error de cálculo, espero que despidiera a sus asesores), y luego me ofrecieron la moviola de aquel "Buenas noches, y buena suerte" con el que ZP cerró su intervención. Una frase aderezada con una sonrisa que, de puro excesiva y calculada, resultaba obscena.

Y entonces me he acordado de los que farfullaban lamentándose sobre el hecho de que quizás entonces una parte importante de los españoles se decantaron simplemente por el candidato más fotogénico, más atractivo. Porque yo no creo que ese 10% que se decidió por criterios estéticos u hormonales constituya el verdadero escándalo. Para mi lo peor sigue siendo ese 80% que siempre vota lo mismo. Esa monstruosa mayoría que te dice, sin inmutarse: en mi casa es que somos del PP, o del PSOE. Como quien es del Betis o de la Esperanza Macarena.

Mientras esto siga siendo así - mientras seamos "adscriptivamente" políticos, y no "racionalmente" políticos, nada bueno cabe esperar. Simplemente, seguiremos promoviendo la mediocridad, la corrupción y el idiotismo (del griego idiotés - algo así como "el que pasa de la política", que para los griegos era pasar de la comunidad). Y seguiremos escuchando, por aquí y por allá, estupideces tan altisonantes como la de Artur Mas, quiene concebía una posible victoria de Convergencia en las elecciones catalanas y del Barça contra el Madrid como un gozoso "doblete". Recordando, al que tenga orejas para escuchar, que la política y el fútbol se han convertido en asuntos que se deciden de forma muy parecida - a base de seguidores, en lugar de críticos.

No es de extrañar entonces que cuando al día siguiente me entrevistaran por teléfono para una encuesta sobre gestión municipal la empleada de turno se quedara varias veces encasquillada cuando le dije que mi ideología era mayormente de izquierdas (con mucha buena voluntad por mi parte sobre lo que ella interpretase como tal), pero que había votado al actual alcalde del PP. Que mis inquietudes respecto de mi municipio eran más bien sociales, pero que pensaba votarle otra vez.

Creo que si le cuento que en el pasado he votado a Felipe González, Aznar, Anguita, Zapatero y Rosa Díez directamente me cuelga.